Calaveritas literarias para Julio

Julio aparece aquí con nombre y apellido de travesura, y la Catrina lo persigue por la escuela, la obra y la milpa sin conseguir nada. Cada verso termina con ella haciendo el trabajo que venía a interrumpir. Van bien en el altar, en el salón o en la sobremesa del dos de noviembre.

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La tabla de Julio

Julio se sabe las tablas del derecho y del revés; no se traba ni en palabras ni tampoco en la del diez. Se paró la calaquita junto al último renglón: -Me la llevo esa carita que se sabe la lección. Julio dijo: -Sí me voy, pero antes, en la libreta: siete por ocho, ¿qué doy? La calaca quedó quieta. Se rascó la calavera sin hallar la solución; hoy repasa, muy ligera, las tablitas de a montón.

El radio de don Julio

Don Julio prende temprano el radito del ropero; se hace un café con la mano y saluda al mundo entero. Se coló doña Catrina una fría madrugada: -Don Julio, ya se termina su canción y su jornada. Don Julio le subió al radio y sonó un danzón viejito; la Catrina, sin agravio, se olvidó del papelito. Bailaron hasta las siete, hasta que salió el lucero; la Catrina, que promete, volvió sola al agujero.

La brocha de Julio

Julio pinta las fachadas con dos manos bien pasadas; deja el muro reluciente y no mancha ni la gente. Llegó la flaca de blanco y se recargó en el banco: -Píntame de amarillito y me llevo al pintorcito. Julio pintó sus costillas de morado y amarillas; le dio flores en la frente y un letrero por delante. Se miró la calavera en la lámina trasera; se gustó tanto el pintado que olvidó todo el mandado.

El caño de la Catrina

Julio arregla tubería con su llave y su porfía; si hay gotera, si hay tapón, él lo arregla de un jalón. Habló la mera Catrina: -Se me inunda la cocina; véngase, señor plomero, y de paso, ya lo espero. Bajó Julio hasta la fosa con su llave poderosa; y destapó veinte huesitos que tapaban los tubitos. Le cobró por la bajada, la subida y la jalada; hoy la flaca es su ayudante y le pasa el desatrante.

La milpa de Julio

Julio siembra su terreno de maíz y de frijol; riega, escarda, y deja bueno cada surco bajo el sol. Llegó la flaca solita con guadaña y con costal: -Vengo por la cosechita y por Julio, por igual. Julio le prestó la pala y le dijo: -Ande, ayude; que la milpa no se tala ni el maíz solito acude. Escardó la calavera veinte surcos, del jalón; se quedó de jornalera y olvidó su comisión.

El cajón de Julio

Julio bolea en la plaza con su cajón y su grasa; deja el charol reluciente y no cobra al indigente. Puso el pie la calavera sobre el cajón de madera: -Deme grasa y deme brillo y me llevo al del cepillo. Julio le agarró la pata y le dijo: -Qué barata: no hay zapato que lustrar, nomás huesos que frotar. Le dio brillo a la espinilla, al fémur y a la costilla; hoy la flaca, relumbrante, se aparece a cada instante.

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