Calaveritas literarias para Laura

Laura tiene el don de dejar a la huesuda distraída y con las manos vacías. Aquí la busca entre acuarelas, en la cocina de la casa, detrás del escritorio, frente a la cámara, arriba del taxi y hasta en clase de zumba. Escoge la que le vaya mejor y léesela el Día de Muertos.

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Laura y sus acuarelas

Laura pinta en su cuaderno mariposas y un jardín; y no le gusta el invierno porque acaba su jazmín. Se acercó la calaquita con su lápiz de color: -Yo también quiero, amiguita, aprender a ser pintor. Laura le prestó su caja de acuarelas y pinceles; la calaca, que trabaja, pintó todos los papeles. Se pasó toda la tarde pintando con gran ternura; y se fue, sin más alarde, presumiendo su pintura.

La cocina de Laura

Laura canta en la cocina mientras muele su café; huele a pan y a mandarina y a canela, ya lo sé. Llegó la flaca callada a la hora de la merienda; y se sentó, resignada, esperando por su ofrenda. Laura le sirvió tamales y atole de chocolate; con servilletas iguales y un pedazo de aguacate. Se fue Laura una mañana con su mandil y su risa; y hoy la muerte, en la ventana, guisa mal, y no da risa.

Laura y la agenda

Laura manda en la oficina con agenda y con papel; sabe todo, y determina quién entra al despacho aquel. Llegó la flaca a pedir una cita de ocasión; Laura le hizo repetir tres veces la petición. -Está lleno el calendario hasta el próximo febrero; si no trae el formulario no le paso ni al portero. La Catrina, en la salita, lleva un siglo sin entrada; toma café y galletita y su cita, cancelada.

Laura y su cámara

Laura vive del retrato con su lente y su tripié; te acomoda en un buen rato y te pone hasta de pie. Llegó la flaca a posar con su rebozo de gala: -Quiero una foto sin par, que en mi altar ninguna iguala. Laura la sentó en un banco y le acomodó el sombrero; le puso un fondo bien blanco y le prendió el candelero. Salió tan favorecida en la foto de ese día, que se quedó entretenida retocando todavía.

Laura al volante

Laura es la mejor taxista de la base del portal; no hay atajo que resista ni embotellamiento igual. Subió la flaca al asiento y pidió ir al panteón; Laura arrancó en un momento y jaló su acelerón. Dio tres vueltas al mercado y otras cuatro al bulevar; el taxímetro apurado no paraba de sumar. Le cobró tres mil quinientos por la vuelta y la parada; y la flaca, sin sustentos, se bajó sin llevar nada.

Laura y la clase de zumba

Laura da clase de zumba cada tarde en el salón; y la música retumba hasta el último rincón. Vino la flaca a inscribirse con sus mallas apretadas; y quería hasta lucirse en las fiestas y posadas. Laura le puso la clase de dos horas, sin parar; no dejó que descansase ni un ratito pa' tomar. Se le cayó una costilla y hasta el fémur se aflojó; quedó tirada en la silla y a Laura ni la alcanzó.

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