Calaveritas literarias para Leonardo
A Leonardo casi nadie le dice su nombre completo: para todos es Leo, y tiene fama de salir bien librado de cualquier apuro, hasta de un encuentro con la huesuda. Estas calaveritas están hechas para su nombre, para leerlas junto al altar o entre risas el dos de noviembre.
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el nombre y los detalles que tú quieras.
Leonardo en la escuela
Leonardo alza la mano
en la clase de lectura;
lee fuerte y muy temprano
cada cuento y su aventura.
Se metió la calavera
con la lista en el bolsillo;
Leo, en vez de hacer carrera,
le prestó hasta su banquillo.
Leo le prestó su cuento
de piratas y de mar;
la calaca, en un momento,
aprendió a deletrear.
Se llevó el cuento prestado
y la lista se olvidó;
hoy lo lee, muy callado,
en la banca donde entró.
Leo, mi cómplice
Leo, amigo de mil años,
sombra fiel en el camino,
contigo no pesan daños
ni el más torcido destino.
Ya vendrá por ti la flaca
con su paso silencioso:
-De esta casa no se saca
a un amigo tan valioso.
Si algún día te llevara
de la mano, sin dolor,
me dejarías tu cara
y también tu buen humor.
Pero en tanto no suceda
seguiremos de parranda,
y la flaca, que se queda
formadita allá en la banda.
El bombero Leonardo
Leo, con su gran manguera,
apaga cualquier candela;
y sube por la escalera
cuando el fuego se rebela.
Entre el humo, la Catrina
lo esperaba en el pasillo:
-Este fuego te termina,
ya te tengo en mi librillo.
Leo alzó bien la manguera
y le echó un chorro a presión;
la Catrina, muy ligera,
se voló como un cañón.
Cayó en medio de un charquito
con el traje muy mojado;
y se fue sin difuntito,
a secarse en otro lado.
El veterinario Leonardo
Leo atiende a los perritos
con cariño y con paciencia;
cura patas y hociquitos
y hasta el mal de la conciencia.
Llegó la muerte con perro
puro hueso y sin un pelo:
-Me lo cura, no es un yerro,
que ya no levanta el vuelo.
Leo le sobó el lomito,
le dio caldo, carne y hueso;
y el perrito, tan bonito,
le pagó con un buen beso.
Se curó y salió corriendo
con la muerte atrás, cansada;
y la muerte, maldiciendo,
se quedó sin su jornada.
Leonardo en la cocina
Leo guisa que te guisa
mole, arroz y hasta tamales;
el olor sube sin prisa
y se cuela en los portales.
La Catrina, con antojo,
se sentó junto al fogón:
-Deme un plato, no me enojo,
pero luego, al panteón.
Leo le sirvió tres platos
de ese mole poderoso;
la calaca, a los tres ratos,
sudaba un chorro espantoso.
Pidió agua, y pidió atole,
leche, hielo y pan con miel;
hoy regresa por su mole
y se olvida del papel.
Leonardo y el dominó
Leo juega dominó
cada tarde en la banqueta;
nadie nunca le ganó
ni con mula ni con treta.
Llegó la flaca a retarlo
con las fichas en la mano:
-Si le gano, va a pagarlo
con su vida, don fulano.
Jugaron toda la noche
con cerveza y con botana;
la Catrina, sin reproche,
fue perdiendo hasta la gana.
La Catrina, muy quemada,
apostó hasta su guadaña;
sigue ahí, desesperada:
Leo le gana con maña.
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