Calaveritas literarias para Leonardo

A Leonardo casi nadie le dice su nombre completo: para todos es Leo, y tiene fama de salir bien librado de cualquier apuro, hasta de un encuentro con la huesuda. Estas calaveritas están hechas para su nombre, para leerlas junto al altar o entre risas el dos de noviembre.

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Leonardo en la escuela

Leonardo alza la mano en la clase de lectura; lee fuerte y muy temprano cada cuento y su aventura. Se metió la calavera con la lista en el bolsillo; Leo, en vez de hacer carrera, le prestó hasta su banquillo. Leo le prestó su cuento de piratas y de mar; la calaca, en un momento, aprendió a deletrear. Se llevó el cuento prestado y la lista se olvidó; hoy lo lee, muy callado, en la banca donde entró.

Leo, mi cómplice

Leo, amigo de mil años, sombra fiel en el camino, contigo no pesan daños ni el más torcido destino. Ya vendrá por ti la flaca con su paso silencioso: -De esta casa no se saca a un amigo tan valioso. Si algún día te llevara de la mano, sin dolor, me dejarías tu cara y también tu buen humor. Pero en tanto no suceda seguiremos de parranda, y la flaca, que se queda formadita allá en la banda.

El bombero Leonardo

Leo, con su gran manguera, apaga cualquier candela; y sube por la escalera cuando el fuego se rebela. Entre el humo, la Catrina lo esperaba en el pasillo: -Este fuego te termina, ya te tengo en mi librillo. Leo alzó bien la manguera y le echó un chorro a presión; la Catrina, muy ligera, se voló como un cañón. Cayó en medio de un charquito con el traje muy mojado; y se fue sin difuntito, a secarse en otro lado.

El veterinario Leonardo

Leo atiende a los perritos con cariño y con paciencia; cura patas y hociquitos y hasta el mal de la conciencia. Llegó la muerte con perro puro hueso y sin un pelo: -Me lo cura, no es un yerro, que ya no levanta el vuelo. Leo le sobó el lomito, le dio caldo, carne y hueso; y el perrito, tan bonito, le pagó con un buen beso. Se curó y salió corriendo con la muerte atrás, cansada; y la muerte, maldiciendo, se quedó sin su jornada.

Leonardo en la cocina

Leo guisa que te guisa mole, arroz y hasta tamales; el olor sube sin prisa y se cuela en los portales. La Catrina, con antojo, se sentó junto al fogón: -Deme un plato, no me enojo, pero luego, al panteón. Leo le sirvió tres platos de ese mole poderoso; la calaca, a los tres ratos, sudaba un chorro espantoso. Pidió agua, y pidió atole, leche, hielo y pan con miel; hoy regresa por su mole y se olvida del papel.

Leonardo y el dominó

Leo juega dominó cada tarde en la banqueta; nadie nunca le ganó ni con mula ni con treta. Llegó la flaca a retarlo con las fichas en la mano: -Si le gano, va a pagarlo con su vida, don fulano. Jugaron toda la noche con cerveza y con botana; la Catrina, sin reproche, fue perdiendo hasta la gana. La Catrina, muy quemada, apostó hasta su guadaña; sigue ahí, desesperada: Leo le gana con maña.

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