Calaveritas literarias para Julia
A Julia la huesuda le trae ganas desde hace años, pero siempre acaba saliendo perdiendo. Aquí la busca en el patio de la escuela, en la sala de la casa, en el consultorio, en el puesto del mercado, entre los libreros y hasta con la boca abierta en el sillón del dentista. Escoge la que le quede y déjasela en el altar.
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Julia y la calaquita
Julia camina a la escuela
con su lonche y su listón;
y la flaca, centinela,
la vigila del portón.
-Julia, ven a platicar
-le dijo la calaquita-,
que me quiero aquí sentar
y jugar a la rondita.
Julia la tomó del brazo
y jugaron el recreo;
compartieron un abrazo
y una vuelta en el paseo.
Sonó el timbre y la calaca
se acordó de su tarea;
se marchó para su hamaca
sin llevar lo que desea.
El rebozo de Julia
Julia teje por las tardes
un rebozo de color;
y le pone, sin alardes,
todo el hilo de su amor.
Llegó la muerte a su puerta
con las manos temblorosas;
Julia la encontró despierta
y le regaló unas rosas.
Le tejió una gran chalina
para el frío del camino;
la Catrina, tan divina,
se olvidó de su destino.
Se fue Julia una mañana
con su aguja y su tejido;
y la flaca, tan ufana,
presume aquel buen vestido.
La doctora Julia
Julia es una gran doctora
del hospital general;
y receta en cualquier hora
y te cura hasta del mal.
Llegó la flaca apurada
con un fuerte malestar;
Julia, ya bien preparada,
la mandó a radiografiar.
Salió el estudio impecable,
sin un solo corazón:
-Usted está saludable,
váyase de vacación.
La Catrina le hizo caso
y se fue de vacaciones;
hoy no llega ni de paso
por sus buenas condiciones.
Julia, la marchanta
Julia vende en el mercado
fruta fresca todo el día;
y no hay cliente mal pesado
ni fiado sin garantía.
Llegó la flaca a pedir
naranjas para su altar;
Julia le empezó a medir
y no la dejó bajar.
-Ándele, deme el pilón
-le rogaba la Catrina.
Julia le negó el tostón
y le cobró la propina.
La huesuda, sin dinero,
se quedó allí a trabajar;
y hoy despacha el año entero
sin poder ni descansar.
Julia entre los libreros
Julia manda en la sección
de la vieja biblioteca;
tiene todo en su rincón
y no hay hoja que esté seca.
Llegó la flaca a llevarse
un tomo de poesía;
sin credencial ni apuntarse
lo escondió con osadía.
Julia la agarró en la puerta
con la alarma resonando;
la calaca, descubierta,
se quedó balbuceando.
Le cobró multa y recargo
por trescientos años tarde;
y la flaca, sin embargo,
sigue leyendo esa tarde.
Julia y el sillón del dentista
Julia es la mejor dentista
del pueblo y del hospital;
no hay muela que se resista
ni un colmillo desleal.
Vino la flaca a curarse
la dentadura amarilla;
y quería blanquearse
y estrenar nueva mejilla.
Julia le sacó una muela
con pinzas y con paciencia;
la calaca, que se cuela,
perdió toda su decencia.
Le dejó su diente de oro
y una placa reluciente;
la Catrina, con decoro,
se olvidó de estar presente.
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