Calaveritas literarias para Isaac

Isaac es de esos nombres que se prestan para todo: para el niño de la bicicleta y para el que se queda trabajando de madrugada. Estas calaveritas lo ponen frente a la Catrina en el taller, en la lancha y hasta en la ofrenda. Elige la que mejor le acomode.

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Isaac y su bicicleta

Isaac tiene bicicleta y una bolsa de galleta, llegó la muerte a pedirle un aventón, sin decirle. Isaac la subió detrás y pedaleó de más, la flaca se fue de lado y cayó sobre el sembrado. Isaac frenó y regresó y del suelo la juntó, le sacudió el pantalón y le dio un buen empujón. Ahora van los dos al parque sin que nadie los embarque, ella atrás, bien agarrada, y él al frente, sin frenada.

La ofrenda de Isaac

Isaac arregla la ofrenda con retratos y una prenda, y una vela en la ventana que se enciende hasta mañana. Llegó la muerte a la cita con su rebozo y bonita, y encontró a los que él quería platicando todavía. -Yo los traje, dijo quedo, y ahora ni llevarlos puedo. Isaac le sirvió su plato y platicaron buen rato. Se fue al alba, despedida, sin llevarse ni una vida, y dejó junto a la vela una flor para su abuela.

Isaac el carpintero

Isaac lija su madera desde el alba hasta que muera, llegó la flaca al taller a encargarle un menester. -Necesito un buen cajón, con manijas de latón. Isaac midió y calculó y en tres días lo entregó. Le quedó tan elegante con barniz y con diamante, que la flaca se metió nomás para ver si entró. Se durmió como bendita en su caja tan bonita, y hoy Isaac le cobra el sueño como renta, y es su dueño.

Isaac el repartidor

Isaac reparte paquetes con sus cajas y juguetes, y le encargan una entrega a un panteón, y no se niega. Tocó y salió la Catrina en pijama y sin cortina: -Fírmele aquí, por favor, le dijo el repartidor. Era un paquete pequeño que compró de puro empeño: una guadaña de moda que se dobla y se acomoda. Pero le llegó sin filo y perdió todo su estilo, hoy le reclama a la empresa y no se lleva ni presa.

Isaac el pescador

Don Isaac se va a pescar con su red y su cantar, y lo sigue la huesuda con su ancla y con su ayuda. Se subieron a la lancha y la flaca se hizo la ancha, echó el anzuelo al revés y se lo clavó en los pies. Isaac le enseñó a jalar y a saber cuándo esperar, sacaron mojarra y trucha después de una buena lucha. La huesuda se emocionó y su lista se mojó, se borraron los mil nombres y salvamos a los hombres.

Isaac y su teclado

Isaac programa de noche sin ventana y sin reproche, llegó la muerte a su cuarto como a las tres, y de un salto. -Vengo por ti, ya es tu día, dijo con mucha alegría. Isaac no la vio siquiera: -Ahorita, dijo, ya espera. Se sentó junto al teclado y esperó como un soldado, vio pasar la madrugada entre luces y almohada. Amaneció y no acababa, y la muerte bostezaba, se durmió en el escritorio y él siguió su repertorio.

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