Calaveritas literarias para Ian

Ian es de los que contestan todo y comparten lo poco que traen, y eso a la Catrina la desarma. Estas calaveritas lo siguen del salón al mercado, de las canicas al pan de muerto. Sirven para la ofrenda o para leerlas entre risas.

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Ian y el concurso

Ian se sabe la historia, las capitales y el mar; y se lleva la victoria cada vez que va a estudiar. La calaca lo retó a un concurso de preguntas; Ian ni se preocupó y contestó todas juntas. Le preguntó por los ríos, los planetas y el color; Ian, sin escalofríos, respondió sin un temor. La calaca se rindió, sacó al fin su calavera; y de premio le entregó su diploma de primera.

Ian y la calaverita de azúcar

Ian compró en el mercado una gran calaverita, con su nombre bien pintado y una flor amarillita. La calaca se acercó y miró su nombre escrito; se rió, se sonrojó y le dijo: -Está bonito. -A mí nadie ha regalado una calavera mía; siempre soy quien va cargado y nadie me da alegría. Ian se la regaló con un moño colorado; la Catrina la abrazó y se fue sin su recado.

Ian, mi nieto pequeño

Ian, mi nieto pequeño, la razón de mi mañana, tú me quitas hasta el sueño y me pones buena gana. La Catrina, cada octubre, me pregunta por tu nombre; yo le digo que se cubra y que vaya por otro hombre. Te dejé tu chocolate, tu galleta y tu juguete, y la vela que combate la tiniebla que se mete. Y si un día te reclama la pelona en su carreta, dile que tu abuela te ama y que espere en la banqueta.

Ian y el helado

Ian se pidió un helado de limón y de mamey; de dos bolas bien colmado, como todo un buen virrey. Llegó la flaca sudando del calor del mediodía; se paró junto, esperando, a ver si Ian le ofrecía. Ian le dio la mitad y hasta el barquillo completo; la flaca, de la bondad, le firmó un lindo decreto. Pero el frío del helado le congeló la quijada; se marchó, con paso alado, sin poder decir ya nada.

Ian y las canicas

Ian juega a las canicas y le gana a todo el mundo; tiene bolsas muy bonitas de un tesoro sin segundo. Llegó la flaca a jugar apostando su carreta; Ian la dejó tirar y le ganó la maleta. Apostó el reloj de arena, la guadaña y el sombrero; se quedó sin cosa buena y debiendo hasta el dinero. Ian, de buen corazón, le devolvió la guadaña; y le dijo, en conclusión: -Vuelva usted, pero sin maña.

Ian y el pan de muerto

Ian probó el pan de muerto y le gustó de a montón; dejó el altar bien desierto y sin migas el cajón. La Catrina vino a cenar y no halló ni una migaja; se tuvo que conformar con las flores de la caja. -Yo vengo una vez al año -le reclamó, muy sentida-; y me dejas este engaño de una mesa consumida. Ian corrió a la tiendita y trajo pan a montones; la Catrina, tan solita, olvidó sus intenciones.

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