Calaveritas literarias para Ian
Ian es de los que contestan todo y comparten lo poco que traen, y eso a la Catrina la desarma. Estas calaveritas lo siguen del salón al mercado, de las canicas al pan de muerto. Sirven para la ofrenda o para leerlas entre risas.
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Ian y el concurso
Ian se sabe la historia,
las capitales y el mar;
y se lleva la victoria
cada vez que va a estudiar.
La calaca lo retó
a un concurso de preguntas;
Ian ni se preocupó
y contestó todas juntas.
Le preguntó por los ríos,
los planetas y el color;
Ian, sin escalofríos,
respondió sin un temor.
La calaca se rindió,
sacó al fin su calavera;
y de premio le entregó
su diploma de primera.
Ian y la calaverita de azúcar
Ian compró en el mercado
una gran calaverita,
con su nombre bien pintado
y una flor amarillita.
La calaca se acercó
y miró su nombre escrito;
se rió, se sonrojó
y le dijo: -Está bonito.
-A mí nadie ha regalado
una calavera mía;
siempre soy quien va cargado
y nadie me da alegría.
Ian se la regaló
con un moño colorado;
la Catrina la abrazó
y se fue sin su recado.
Ian, mi nieto pequeño
Ian, mi nieto pequeño,
la razón de mi mañana,
tú me quitas hasta el sueño
y me pones buena gana.
La Catrina, cada octubre,
me pregunta por tu nombre;
yo le digo que se cubra
y que vaya por otro hombre.
Te dejé tu chocolate,
tu galleta y tu juguete,
y la vela que combate
la tiniebla que se mete.
Y si un día te reclama
la pelona en su carreta,
dile que tu abuela te ama
y que espere en la banqueta.
Ian y el helado
Ian se pidió un helado
de limón y de mamey;
de dos bolas bien colmado,
como todo un buen virrey.
Llegó la flaca sudando
del calor del mediodía;
se paró junto, esperando,
a ver si Ian le ofrecía.
Ian le dio la mitad
y hasta el barquillo completo;
la flaca, de la bondad,
le firmó un lindo decreto.
Pero el frío del helado
le congeló la quijada;
se marchó, con paso alado,
sin poder decir ya nada.
Ian y las canicas
Ian juega a las canicas
y le gana a todo el mundo;
tiene bolsas muy bonitas
de un tesoro sin segundo.
Llegó la flaca a jugar
apostando su carreta;
Ian la dejó tirar
y le ganó la maleta.
Apostó el reloj de arena,
la guadaña y el sombrero;
se quedó sin cosa buena
y debiendo hasta el dinero.
Ian, de buen corazón,
le devolvió la guadaña;
y le dijo, en conclusión:
-Vuelva usted, pero sin maña.
Ian y el pan de muerto
Ian probó el pan de muerto
y le gustó de a montón;
dejó el altar bien desierto
y sin migas el cajón.
La Catrina vino a cenar
y no halló ni una migaja;
se tuvo que conformar
con las flores de la caja.
-Yo vengo una vez al año
-le reclamó, muy sentida-;
y me dejas este engaño
de una mesa consumida.
Ian corrió a la tiendita
y trajo pan a montones;
la Catrina, tan solita,
olvidó sus intenciones.
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