Calaveritas literarias para Gustavo

Gustavo es Tavo para todo el mundo y siempre anda a mitad de camino. La calaca lo ha buscado entre el humo del carbón, en el consultorio, arriba del tráiler y hasta con la cinta de medir, y nunca ha podido alcanzarlo. Van estas calaveritas para los Gustavos que llegan tarde pero llegan.

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Tavito y su torta

Tavito llega al salón sonriendo desde la puerta; trae un dulce de limón y la mochila ya abierta. Se asomó la calaquita y le pidió su lugar; Tavito, con su risita, la invitó a desayunar. Comieron torta de queso y un jugo de tamarindo; la flaca se fue con eso y el recreo siguió lindo.

Gustavo, el hermano grande

Gustavo, el hermano grande, es el que carga maleta; el que dice: -Usted que mande- y te presta su libreta. Vino la flaca por él un martes de madrugada; Gustavo le dio un pastel y le prestó la almohada. La flaca durmió tranquila hasta que salió el lucero; despertó y salió en la fila con la lista puesta en cero.

Tavo y sus tacos

Don Tavo vende sus tacos en la esquina de los flacos; les sirve doble tortilla y salsa que hace cosquilla. Llegó la flaca de antojo, pidió cinco tacos de ojo; se echó salsa hasta el gaznate y pidió un buen aguacate. La salsa le ardió tan fuerte que olvidó que era la muerte; salió corriendo a tomar y ya no volvió a pasar.

El doctor Gustavo

El doctor Gustavo cura con receta y con ternura; te revisa la garganta y hasta el ánimo levanta. Fue la flaca al consultorio quejándose del velorio; Gustavo la revisó y ni un músculo encontró. Le recetó vitaminas, caldo de pollo y sardinas; hoy la flaca está tan sana que perdió toda la gana.

Tavo, sastre del barrio

Don Tavo cose los trajes, les arregla los ropajes; toma medida al vecino y le deja el saco fino. Llegó la flaca a medirse y no supo ni vestirse; la cinta se le caía porque cintura no había. Tavo le cosió un vestido de holanes y de tejido; hoy la flaca anda de gala y no hay quien no la señala.

Tavo y su tráiler

Don Tavo es un buen trailero, maneja el país entero; come en fondas del camino y se sabe cada pino. Subió la flaca al camión pidiendo un buen aventón; se durmió con el vaivén y roncaba como un tren. Despertó allá en Culiacán, sin saber por dónde van; hoy pide taxi la flaca y hasta un mapa en la petaca.

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