Calaveritas literarias para Gustavo
Gustavo es Tavo para todo el mundo y siempre anda a mitad de camino. La calaca lo ha buscado entre el humo del carbón, en el consultorio, arriba del tráiler y hasta con la cinta de medir, y nunca ha podido alcanzarlo. Van estas calaveritas para los Gustavos que llegan tarde pero llegan.
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Tavito y su torta
Tavito llega al salón
sonriendo desde la puerta;
trae un dulce de limón
y la mochila ya abierta.
Se asomó la calaquita
y le pidió su lugar;
Tavito, con su risita,
la invitó a desayunar.
Comieron torta de queso
y un jugo de tamarindo;
la flaca se fue con eso
y el recreo siguió lindo.
Gustavo, el hermano grande
Gustavo, el hermano grande,
es el que carga maleta;
el que dice: -Usted que mande-
y te presta su libreta.
Vino la flaca por él
un martes de madrugada;
Gustavo le dio un pastel
y le prestó la almohada.
La flaca durmió tranquila
hasta que salió el lucero;
despertó y salió en la fila
con la lista puesta en cero.
Tavo y sus tacos
Don Tavo vende sus tacos
en la esquina de los flacos;
les sirve doble tortilla
y salsa que hace cosquilla.
Llegó la flaca de antojo,
pidió cinco tacos de ojo;
se echó salsa hasta el gaznate
y pidió un buen aguacate.
La salsa le ardió tan fuerte
que olvidó que era la muerte;
salió corriendo a tomar
y ya no volvió a pasar.
El doctor Gustavo
El doctor Gustavo cura
con receta y con ternura;
te revisa la garganta
y hasta el ánimo levanta.
Fue la flaca al consultorio
quejándose del velorio;
Gustavo la revisó
y ni un músculo encontró.
Le recetó vitaminas,
caldo de pollo y sardinas;
hoy la flaca está tan sana
que perdió toda la gana.
Tavo, sastre del barrio
Don Tavo cose los trajes,
les arregla los ropajes;
toma medida al vecino
y le deja el saco fino.
Llegó la flaca a medirse
y no supo ni vestirse;
la cinta se le caía
porque cintura no había.
Tavo le cosió un vestido
de holanes y de tejido;
hoy la flaca anda de gala
y no hay quien no la señala.
Tavo y su tráiler
Don Tavo es un buen trailero,
maneja el país entero;
come en fondas del camino
y se sabe cada pino.
Subió la flaca al camión
pidiendo un buen aventón;
se durmió con el vaivén
y roncaba como un tren.
Despertó allá en Culiacán,
sin saber por dónde van;
hoy pide taxi la flaca
y hasta un mapa en la petaca.
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