Calaveritas literarias para Guillermo

A los Guillermos les dicen Memo desde el primer día de escuela y el apodo les dura toda la vida. Aquí van unas calaveritas dedicadas a ellos, con la Catrina metida de aprendiz en cada oficio. Sirven para leer en el salón o para dejarlas en la ofrenda.

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Memo en la escuela

Guillermo llega a la escuela carga libro y acuarela, y detrás, con su mochila, va la muerte y hace fila. -Quiero ser una alumnita, dijo la flaca, bonita, pero el profe le avisó que la lista ya cerró. Pero Memo, buena gente, le contestó de repente: -Siéntate junto a mi banca, te presto mi goma blanca. Ya pasaron los recreos entre risas y mareos, y la muerte, agradecida, le regaló media vida.

El abrazo de Guillermo

Guillermo tiene un abrazo que a la muerte le dio plazo: le pidió un ratito el día solo por su compañía. Llegó la flaca a su puerta y la halló bien despierta, con la cena ya servida y una silla prevenida. Se sentó la muerte flaca, y olvidó sacar la placa, se quedó a la sobremesa y se llevó hasta una presa. Ya la muerte no lo lleva, cada noviembre lo prueba: toca, cena, se despide y otro añito más le pide.

Memo el taquero

Memo pone su taquiza con carbón y mucha prisa, llegó la muerte a la fila con su plato y su mochila. -Écheme diez de pastor, pidió la flaca al señor, con cebolla y con cilantro y el chilito que yo aguanto. Le sirvió del habanero sin decirle: -Está severo. La huesuda dio un bocado y salió al patio volado. Se tomó cuatro refrescos y unos tragos gigantescos, y en lugar de hacer su encargo se llevó un litro de mango.

El taller de Guillermo

En el taller de Guillermo ni un motor se queda enfermo, llegó la flaca empujando porque el carro iba fallando. -Se me para en la subida, traigo el ánima perdida. Memo abrió el cofre y miró y hasta el hueso se rascó. Le cambió toda la flecha, la balata y una mecha, le dejó el motor a punto y le entregó hasta el difunto. Salió la flaca a probarla y no supo ni frenarla, se pasó los altos todos y la buscan de mil modos.

Guillermo el albañil

Memo levanta una barda y la mezcla no se tarda, llegó la muerte a chambear y se puso a batallar. Le cargaron el cemento y sudó como un jumento; se trepó por la escalera y rodó de la tercera. Memo la juntó del piso y en un rato la rehízo, con tornillo y con alambre, sin cobrarle ni un calambre. Hoy la flaca es su chalana, cobra raya la semana, y en lugar de andar matando anda muros levantando.

Memo el sonidero

Memo pone su sonido y el barrio queda encendido, llegó la muerte a bailar sin pareja y sin pagar. Le pidió una cumbia lenta y otra bien recia y violenta; se le zafó la cadera y rodó hasta la hielera. Memo le subió el sonido y hasta el muerto más dormido se levantó del panteón a pedirle una canción. Amaneció la tocada con la muerte desvelada; ya no quiso su encomienda y se fue por su merienda.

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