Calaveritas literarias para Guadalupe
Guadalupe es nombre de fiesta, de rezo y de vecindad, y según de qué humor ande se convierte en Lupe o en Lupita. La huesuda le tiene un respeto especial, porque sabe que en cualquier casa donde hay una Lupita siempre hay flores, café y quien te reciba. Aquí van varias calaveritas para todas las Guadalupes del barrio.
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el nombre y los detalles que tú quieras.
Lupita en el recreo
Lupita lleva su trenza
y su lonchera de flor;
en el recreo comienza
la carrera del sudor.
Llegó la flaca a jugar,
quiso a Lupita alcanzar;
dio diez vueltas al lugar
y se tuvo que sentar.
Cansada, pidió un favor:
-Convídame tu sabor.
Lupita partió su pan
y hoy la flaca es su fan.
Doña Lupe y su rosario
Doña Lupe reza el rosario
con la abuela y el copal,
y le pone al calendario
una vela y un rosal.
Cuando vino la huesuda,
tocó suave la ventana;
doña Lupe, sin ni duda,
la invitó hasta la mañana.
Rezaron juntas, en calma,
hasta que salió el lucero;
la muerte se llevó su alma
con respeto verdadero.
Lupita, enfermera de turno
Lupita, la enfermera
del turno de madrugada,
atiende a quien sea y quiera
con su sonrisa cansada.
Llegó la flaca en camilla,
con la cadera zafada;
Lupita, sin ni pastilla,
se la dejó bien pegada.
-Vengo por ti -dijo la muerte-.
-Primero firme el ingreso,
espere su turno, y suerte:
hay veinte antes que su hueso.
La maestra Lupe
La maestra Lupe enseña
a leer y a sumar;
con la regla no se empeña,
prefiere hacer cantar.
Llegó la flaca al recreo
con su lista y su tijera;
Lupe le dijo: -Ya veo
que reprobó la primera.
La calaca, avergonzada,
se sentó en la última fila,
y hoy la muerte, aplicada,
sabe restar y desfila.
Lupita y sus flores
Lupita vende las flores
en su puesto de la esquina:
alcatraces de colores
y cempasúchil de la fina.
Llegó la flaca a pedirle
un ramo para su altar;
Lupita, sin discutirle,
se lo dio sin ni cobrar.
-Por buena me la llevo
-dijo la calaca en flor-;
y hoy el panteón está nuevo,
oliendo a puro color.
Doña Lupe, estilista
Doña Lupe, la estilista,
corta, tiñe y da la vista;
todo cliente despeinado
sale de ahí retratado.
Llegó la flaca sin pelo,
pidiendo un buen tratamiento;
Lupe le puso un consuelo
de rizos y de ungüento.
Salió la flaca tan mona,
con su chino y su corona,
que olvidó su comisión
y se fue de reventón.
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