Calaveritas literarias para Griselda
Griselda es de las que no se dejan: ni en la consulta, ni en el comal, ni al volante, ni entre los libros. La flaca se le ha aparecido en todos esos lugares y siempre acaba debiéndole algo. Escoge la que más le pegue y dedícasela.
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el nombre y los detalles que tú quieras.
Griselda y sus cuentas
Griselda cuenta hasta cien
y de la tabla también;
la calaca preguntó
por la suma que olvidó.
-Griselda, tú que eres lista,
préstame bien esa vista;
dime cuánto es ocho y nueve
y me voy antes que llueve.
Griselda le contestó
y en un libro lo apuntó;
hoy la flaca va a la escuela
y hasta trae su acuarela.
Griselda, mi madrina
Griselda es mi madrinita,
la que siempre me consiente;
me regala una gorrita
y me cuida de la gente.
Vino la flaca a la fiesta
del bautizo de mi prima;
mi madrina, siempre presta,
la sentó y le echó una rima.
Le sirvió mole y arroz
y un tequila de la buena;
la Catrina alzó la voz
y cantó con voz ajena.
Se acabó la madrugada
y ni el nombre preguntó;
hoy la tienen invitada
y su lista se manchó.
Griselda, la doctora
Griselda pasa consulta
en la clínica del cerro;
llegó la flaca, y se oculta
detrás de un señor y un perro.
-Doctora, me duele todo,
la cadera y la quijada.
Griselda la vio del codo
y no le encontró ni nada.
Le mandó radiografía
y salieron los huesitos;
Griselda ya lo sabía
y le recetó calcitos.
Le salió cara la cuenta
y no traía seguro;
hoy trapea, muy atenta,
el pasillo más oscuro.
Griselda y sus tortillas
Griselda echa las tortillas
desde antes de que amanezca;
y la flaca, en las orillas,
esperaba que le ofrezca.
-Deme un kilo bien calientes
y me lo apunta en el fiado.
Griselda le vio los dientes:
-Aquí nada es regalado.
La calaca, muy sentida,
sacó un peso agujerado;
Griselda, ya conmovida,
le regaló hasta el bocado.
Se comió el kilo completo
sin dejarle ni una orilla;
hoy le ayuda, y en secreto,
se come alguna tortilla.
Griselda, la taxista
Griselda maneja bien
el taxi de la central;
la flaca esperó el andén
con maleta y con costal.
-Lléveme hasta el panteón,
que ahí tengo mi casita.
Griselda le dijo: -Son
cien pesos, más la vueltita.
Se subió con su costal
y con flores amarillas;
el camino le hizo mal
y perdió las dos costillas.
Ya llegando al camposanto
no encontró ni la moneda;
se puso a llorar un tanto
y hoy le cuida hasta la rueda.
Griselda y sus libros
Griselda presta novelas
en la biblioteca vieja;
llegó la flaca, con velas,
y con lista tras la oreja.
-Quiero el libro de la muerte,
a ver si salgo bonita.
Griselda, con buena suerte,
le encontró hasta una cosita.
Se lo llevó tres semanas
y no lo quiso entregar;
Griselda, con muchas ganas,
la tuvo que ir a buscar.
Le cobró la multa entera
por los días de retraso;
hoy la flaca, muy ligera,
los devuelve a cada paso.
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