Calaveritas literarias para Griselda

Griselda es de las que no se dejan: ni en la consulta, ni en el comal, ni al volante, ni entre los libros. La flaca se le ha aparecido en todos esos lugares y siempre acaba debiéndole algo. Escoge la que más le pegue y dedícasela.

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Griselda y sus cuentas

Griselda cuenta hasta cien y de la tabla también; la calaca preguntó por la suma que olvidó. -Griselda, tú que eres lista, préstame bien esa vista; dime cuánto es ocho y nueve y me voy antes que llueve. Griselda le contestó y en un libro lo apuntó; hoy la flaca va a la escuela y hasta trae su acuarela.

Griselda, mi madrina

Griselda es mi madrinita, la que siempre me consiente; me regala una gorrita y me cuida de la gente. Vino la flaca a la fiesta del bautizo de mi prima; mi madrina, siempre presta, la sentó y le echó una rima. Le sirvió mole y arroz y un tequila de la buena; la Catrina alzó la voz y cantó con voz ajena. Se acabó la madrugada y ni el nombre preguntó; hoy la tienen invitada y su lista se manchó.

Griselda, la doctora

Griselda pasa consulta en la clínica del cerro; llegó la flaca, y se oculta detrás de un señor y un perro. -Doctora, me duele todo, la cadera y la quijada. Griselda la vio del codo y no le encontró ni nada. Le mandó radiografía y salieron los huesitos; Griselda ya lo sabía y le recetó calcitos. Le salió cara la cuenta y no traía seguro; hoy trapea, muy atenta, el pasillo más oscuro.

Griselda y sus tortillas

Griselda echa las tortillas desde antes de que amanezca; y la flaca, en las orillas, esperaba que le ofrezca. -Deme un kilo bien calientes y me lo apunta en el fiado. Griselda le vio los dientes: -Aquí nada es regalado. La calaca, muy sentida, sacó un peso agujerado; Griselda, ya conmovida, le regaló hasta el bocado. Se comió el kilo completo sin dejarle ni una orilla; hoy le ayuda, y en secreto, se come alguna tortilla.

Griselda, la taxista

Griselda maneja bien el taxi de la central; la flaca esperó el andén con maleta y con costal. -Lléveme hasta el panteón, que ahí tengo mi casita. Griselda le dijo: -Son cien pesos, más la vueltita. Se subió con su costal y con flores amarillas; el camino le hizo mal y perdió las dos costillas. Ya llegando al camposanto no encontró ni la moneda; se puso a llorar un tanto y hoy le cuida hasta la rueda.

Griselda y sus libros

Griselda presta novelas en la biblioteca vieja; llegó la flaca, con velas, y con lista tras la oreja. -Quiero el libro de la muerte, a ver si salgo bonita. Griselda, con buena suerte, le encontró hasta una cosita. Se lo llevó tres semanas y no lo quiso entregar; Griselda, con muchas ganas, la tuvo que ir a buscar. Le cobró la multa entera por los días de retraso; hoy la flaca, muy ligera, los devuelve a cada paso.

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