Calaveritas literarias para Gael
Gael es de esos nombres que se oyen en todos los salones y en todas las canchas. Aquí la huesuda lo persigue por la escuela, por la taquería, por la peluquería y hasta por el celular, siempre con más ganas que suerte. Léelas en el altar o mándaselas al Gael que te caiga bien.
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Gael y la mochila
Gael llegó a la escuela
con la mochila al revés;
se le olvidó la acuarela
y su cuaderno de inglés.
La calaca, muy amable,
le prestó su cuadernito:
-Escribe con letra estable
y me lo cuidas tantito.
Gael estudió con ganas,
la calaca le sopló;
se aprendieron las semanas
y todo aquello que olvidó.
La maestra, sorprendida,
preguntó quién le enseñaba;
Gael contestó enseguida:
-La que a nadie perdonaba.
Gael, el catrín del desfile
Gael se vistió de catrín
con su bastón y su flor;
salió al patio del jardín
hecho todo un gran señor.
La Catrina, que pasaba,
se quedó bien sorprendida:
-Este niño me copiaba
el vestido y la medida.
Se formó junto a los niños
para el baile del final;
la maestra, entre los guiños,
le dio el premio principal.
La Catrina se llevó
el bastón y el sombrerito;
pero Gael se quedó
con aplausos y un gritito.
A mi Gael
Gael, cuando andes creciendo
no te olvides de este día,
que tu risa fue el remiendo
de mi vieja melodía.
La huesuda anda buscando
a quién llevarse esta noche;
yo le dije: -Sigue andando,
que aquí no cabe tu coche.
Te guardé pan de tu antojo,
chocolate y mandarina,
y una vela con su rojo
que te alumbre la neblina.
Y si viene la Catrina
te convida su tequila,
dile: -Vaya usted, vecina,
que mi madre me vigila.
Gael y los tacos
Gael no perdona un taco,
se los come como saco;
de pastor pide un montón
y se acaba hasta el limón.
Llegó la flaca al puestito
y pidió una orden doble;
y Gael, muy calladito,
se comió la porción noble.
La huesuda reclamó
con la mano en la cadera;
y Gael solo sonrió
y pidió otra orden entera.
Y la flaca se fue sola,
con la panza bien llenita;
Gael, con su cocacola,
le gritó: -Vuelva, tantita.
Gael en la peluquería
Gael quiso un corte nuevo
con rayitas al costado;
le dijeron: -No me atrevo,
y salió muy encantado.
La Catrina lo miraba
desde el vidrio del salón;
de la envidia se peinaba
su cabeza de melón.
Entró y le dijo al barbero:
-Hágame el mismo diseño;
le pago todo el dinero
y hasta le regalo un sueño.
El barbero, tembloroso,
le pasó la maquinita;
se rindió: -Qué vergonzoso,
no hay ni un pelo, señorita.
Gael y el celular
Gael trae el celular
pegado a la mera oreja;
no hay manera de lograr
que lo suelte, ni con reja.
La huesuda le llamó
un domingo, de mañana;
Gael no le contestó
y la dejó en la ventana.
Le mandó mil mensajitos,
le escribió por el buzón;
y Gael, con dos deditos,
le bloqueó la conexión.
La huesuda, ya enojada,
se plantó frente al zaguán;
Gael le abrió la portada:
-Perdón, se acabó mi plan.
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