Calaveritas literarias para Gabriel
Gabriel tiene nombre de ángel, pero a la huesuda le sale más terco que santo. Aquí lo alcanza en el recreo, en la sala de la casa, arriba de un poste de luz, entre las macetas, con la trompeta al hombro y cargando cilindros de gas. Escoge la que le quede mejor y déjasela junto a su foto.
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Gabriel y sus crayones
Gabriel guarda en su papel
los dibujos que más quiere;
uno tiene un cascabel
y otro un perro que no muere.
Vino la muerte al recreo
a pedirle su cuaderno:
-Yo dibujo lo que veo
y me falta un trazo tierno.
Gabriel le prestó un crayón
y le enseñó a dibujar;
la calaca, de emoción,
no paraba de pintar.
Se llenó de mil colores
la calaca y su vestido;
y olvidó los sinsabores,
el encargo y el pedido.
Don Gabriel y su violín
Don Gabriel toca el violín
en la sala, ya de noche;
lo escuchamos hasta el fin
sin permiso y sin reproche.
Vino la flaca a escuchar
recargada en la ventana;
se quedó sin respirar
hasta entrada la mañana.
-Vente ya, mi don Gabriel
-le dijo, ya con ternura.
Él tomó su arco más fiel
y tocó con más dulzura.
Ya no está, pero el sonido
se quedó en nuestro lugar;
y en la sala, muy sentido,
aún lo escucho tocar.
Gabriel y los cables
Gabriel es electricista,
compone todo apagón;
sube al poste, y a la vista
vuelve la luz al rincón.
Vino la flaca temprano
con un foco reventado:
-Ilumíname la mano
que ando a ciegas por el prado.
Gabriel checó la clavija
y encontró un corto muy feo;
le apretó cada rendija
y le dijo: -Ya lo veo.
Le dio corriente a la flaca
y quedó bien alumbrada;
y hoy la muerte no se aplaca:
anda de foco, encantada.
Gabriel entre las macetas
Gabriel poda su jardín
con tijera y con cuidado;
lo deja como un festín
de color y de sembrado.
Llegó la flaca a sembrar
una cruz entre las rosas;
Gabriel la mandó regar
y a barrer las mariposas.
La huesuda cargó tierra
y sembró cada semilla;
se olvidó de aquella guerra
y aprendió con maravilla.
Hoy la flaca es jardinera
y presume su cosecha;
se le fue la vida entera
y a Gabriel no le echó fecha.
La trompeta de Gabriel
Gabriel toca la trompeta
en el bar de aquella esquina;
y no hay noche que no meta
un huapango a la Catrina.
Llegó la flaca a pedir
una pieza de dolor;
Gabriel se puso a fingir
y le tocó un vals mayor.
La Catrina se soltó
a bailar sobre la mesa;
la trompeta la envolvió
de la calva a la cabeza.
Amaneció con la banda
sin acordar el mandado;
pide siempre, y no es demanda,
que Gabriel toque a su lado.
Gabriel y el cilindro
Gabriel anda con el gas
gritando por la avenida;
no hay tanque que pese más
ni escalera más subida.
Salió la flaca al balcón
a pedir un tanque lleno:
-Ya no tengo ni un carbón
ni una lumbre de sereno.
Gabriel subió la escalera
con el tanque bien cargado;
la calaca, allí en la espera,
lo miraba con cuidado.
Se llevó el tanque la flaca
sin pagarle ni un tostón;
hoy la muerte, que se aflaca,
come frío en el cajón.
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