Calaveritas literarias para Francisco
A Francisco lo bautizaron con nombre de santo y en la calle le quedó Paco desde chico. La huesuda lo ha buscado en la lancha, en el mostrador y hasta en la mesa del dominó, y siempre se va con la mano perdida. Aquí van calaveritas para los Panchos, los Pacos y los Franciscos de siempre.
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Paquito y su lonchera
Paquito lleva lonchera
con la torta preferida;
la comparte a quien la quiera
y le sobra a la salida.
Se le sienta una calaca
chiquitita, de su edad;
trae la panza medio flaca
y le pide, de verdad.
Paco parte su galleta,
le da el pedazo mayor;
la calaca, muy inquieta,
se la come con amor.
Sonó el timbre de salida,
se despiden en la puerta;
y la flaca, consentida,
le guardó la banca abierta.
Don Pancho, mi abuelo
Don Pancho, mi abuelo viejo,
siempre daba buen consejo;
se rasuraba el domingo,
se peinaba de respingo.
Vino la muerte a su silla,
y se sentó en la otra orilla;
don Pancho no se movió,
y café le convidó.
Le platicó de la guerra,
del maíz y de la tierra;
la muerte se fue callada
y volvió la madrugada.
Se llevó a mi abuelo Pancho
por el camino más ancho;
nos dejó su sombrerito
y un silbido despacito.
Paco, el pescador
Paco sale de mañana
con su red y su lanchita;
pesca toda la semana
y no suelta la varita.
Se trepó la calavera
a la lancha sin permiso;
quiso echar la red primera
y cayó sin dar aviso.
Paco la sacó del río,
escurriendo y con un pez;
le quitó todo el rocío
y le dio caldo otra vez.
Y desde entonces, la huesuda,
le carga la carnadita;
no se lleva a nadie, ayuda,
y se come la sopita.
Paco, el cartero
Paco reparte, ligero,
en su bici colorada;
no le importa el aguacero
ni la calle empantanada.
La calaca le mandó
una carta muy urgente;
pero Paco la extravió
en el bolso de otra gente.
Pasó un año, y otro más,
y la carta sin llegar;
y la flaca, por demás,
se cansó de reclamar.
Paco la halló hace poquito
entre volantes y cuentas;
se la dio con un besito
sin reclamos ni tormentas.
Paco, el de la ferretería
Paco vende los clavitos
en su gran ferretería;
tiene tuercas y foquitos
y consejos todo el día.
Fue la muerte al mostrador
con la guadaña sin filo;
le pidió a Paco el favor
de dejarla como un hilo.
Paco le afiló la punta,
le cambió el mango de encino;
y le dijo, sin pregunta:
- Págueme luego, vecino.
Le quedó tan afilada
que se cortó ella solita;
y anda desde esa jornada
con vendaje y con curita.
Paco y el dominó
Paco juega dominó
los viernes con los compadres;
en su vida no perdió
ni con todas las comadres.
Se sentó la calavera
a jugarle la partida;
apostó de esta manera:
- Si te gano, va tu vida.
Paco puso cara seria,
revolvió con maestría;
y con calma, sin histeria,
le ganó como sabía.
Se quedó la muerte muda,
con la mula entre las manos;
hoy le apunta, ya sin duda,
los puntos a los cristianos.
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