Calaveritas literarias para Fidel

A Fidel la huesuda lo trae bien checado, pero siempre se le escapa por un pelito. Aquí lo busca en la fiesta del salón, en la casa de su familia, en el taller de carpintería, arriba del camión, detrás del horno y hasta en la laguna. Escoge la que le venga y déjasela junto a la veladora.

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El pastel de Fidel

Fidel llevó su pastel a la fiesta del salón; lo adornó con un clavel y una vela de limón. Llegó la calaca en punto con un plato y tenedor: -Yo también vengo al asunto y me encanta ese sabor. Fidel partió la primera rebanada, con dulzura; la flaca, que es la que espera, repitió con travesura. Se acabó todo el pastel y la flaca, ya empachada, se olvidó de que a Fidel lo venía a ver, callada.

Fidel, mi viejo

Fidel madruga temprano con su termo y su papel; lleva el pan en una mano y en la bolsa lleva miel. La flaca lo fue siguiendo por la calle, sin hablar; y Fidel iba sonriendo sin cansarse de cantar. -Ya me voy -dijo la muerte-, préstame tu buen sombrero. Fidel le cambió la suerte y le dio su monedero. Hoy le pongo en el altar su café y su pan bendito; me lo tienen que prestar otro rato en el banquito.

Fidel el carpintero

Fidel es buen carpintero, lija, clava y da barniz; y trabaja el año entero y te deja muy feliz. Llegó la flaca al taller a encargarle su cajón: -Lo quiero de gran poder, con ruedas y con colchón. Fidel le tomó medida con su metro y su plantilla; la Catrina, divertida, le prestó hasta la rodilla. El cajón salió tan fino que la muerte lo exhibió; lo mandó por el camino y a Fidel ya lo olvidó.

Fidel al volante

Fidel maneja el camión de la ruta del mercado; se sabe cada rincón y hasta el bache más pesado. La flaca subió a viajar sin traer ni un solo peso; Fidel la mandó parar y le dijo: -No hay regreso. Se agarró de la ventana la Catrina, ya enojada; gritó toda la mañana y bajó en otra parada. Fidel siguió su camino con su ruta y su bocina; y la muerte, sin destino, todavía está en la esquina.

Fidel el panadero

Fidel hornea su pan desde antes de que amanezca; conchas, bigotes y flan para que nadie perezca. Llegó la flaca a deshora oliendo a canela y miel: -Dame el pan que me enamora, se me antoja, don Fidel. Fidel le sirvió caliente un bolillo de aquel horno; la flaca, muy complaciente, no salió de aquel entorno. Se acabó toda charola de conchas y de cuernitos; y la muerte, ya bien sola, se durmió entre los banquitos.

Fidel y la red

Fidel madruga a pescar en la laguna serena; echa la red sin pensar y la saca siempre llena. Se metió la calaquita en la red, de contrabando; salió toda mojadita y con algas chorreando. Fidel la sacó a la orilla sin saber lo que pescaba; la Catrina, de rodilla, le rogaba y suplicaba. Fidel la soltó al momento por pequeña y por flaquita; y hoy la muerte, sin aliento, lo saluda en la orillita.

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