Calaveritas literarias para Fidel
A Fidel la huesuda lo trae bien checado, pero siempre se le escapa por un pelito. Aquí lo busca en la fiesta del salón, en la casa de su familia, en el taller de carpintería, arriba del camión, detrás del horno y hasta en la laguna. Escoge la que le venga y déjasela junto a la veladora.
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El pastel de Fidel
Fidel llevó su pastel
a la fiesta del salón;
lo adornó con un clavel
y una vela de limón.
Llegó la calaca en punto
con un plato y tenedor:
-Yo también vengo al asunto
y me encanta ese sabor.
Fidel partió la primera
rebanada, con dulzura;
la flaca, que es la que espera,
repitió con travesura.
Se acabó todo el pastel
y la flaca, ya empachada,
se olvidó de que a Fidel
lo venía a ver, callada.
Fidel, mi viejo
Fidel madruga temprano
con su termo y su papel;
lleva el pan en una mano
y en la bolsa lleva miel.
La flaca lo fue siguiendo
por la calle, sin hablar;
y Fidel iba sonriendo
sin cansarse de cantar.
-Ya me voy -dijo la muerte-,
préstame tu buen sombrero.
Fidel le cambió la suerte
y le dio su monedero.
Hoy le pongo en el altar
su café y su pan bendito;
me lo tienen que prestar
otro rato en el banquito.
Fidel el carpintero
Fidel es buen carpintero,
lija, clava y da barniz;
y trabaja el año entero
y te deja muy feliz.
Llegó la flaca al taller
a encargarle su cajón:
-Lo quiero de gran poder,
con ruedas y con colchón.
Fidel le tomó medida
con su metro y su plantilla;
la Catrina, divertida,
le prestó hasta la rodilla.
El cajón salió tan fino
que la muerte lo exhibió;
lo mandó por el camino
y a Fidel ya lo olvidó.
Fidel al volante
Fidel maneja el camión
de la ruta del mercado;
se sabe cada rincón
y hasta el bache más pesado.
La flaca subió a viajar
sin traer ni un solo peso;
Fidel la mandó parar
y le dijo: -No hay regreso.
Se agarró de la ventana
la Catrina, ya enojada;
gritó toda la mañana
y bajó en otra parada.
Fidel siguió su camino
con su ruta y su bocina;
y la muerte, sin destino,
todavía está en la esquina.
Fidel el panadero
Fidel hornea su pan
desde antes de que amanezca;
conchas, bigotes y flan
para que nadie perezca.
Llegó la flaca a deshora
oliendo a canela y miel:
-Dame el pan que me enamora,
se me antoja, don Fidel.
Fidel le sirvió caliente
un bolillo de aquel horno;
la flaca, muy complaciente,
no salió de aquel entorno.
Se acabó toda charola
de conchas y de cuernitos;
y la muerte, ya bien sola,
se durmió entre los banquitos.
Fidel y la red
Fidel madruga a pescar
en la laguna serena;
echa la red sin pensar
y la saca siempre llena.
Se metió la calaquita
en la red, de contrabando;
salió toda mojadita
y con algas chorreando.
Fidel la sacó a la orilla
sin saber lo que pescaba;
la Catrina, de rodilla,
le rogaba y suplicaba.
Fidel la soltó al momento
por pequeña y por flaquita;
y hoy la muerte, sin aliento,
lo saluda en la orillita.
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