Calaveritas literarias para Ernesto

Ernesto siempre anda ocupado: en la bici, en el taller, con el violín o en la lancha antes del amanecer. La huesuda lo persigue por todos lados y nomás no le da alcance. Aquí están los versos para dedicárselos en noviembre o cuando se ofrezca.

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Ernesto y su bicicleta

Ernesto va en bicicleta por la calle y la banqueta; la calaca lo siguió pero nunca lo alcanzó. -Espérame, chamaquito, que ya vengo cansadito. Ernesto le respondió: -Pues súbase, ahí voy yo. Se subió la calavera atrás, en la parrillera; dieron vuelta a la manzana y hoy pasean de mañana.

Ernesto, mi tío

Mi tío se llama Ernesto y es el alma de la fiesta; si hay guitarra, ya está puesto y si hay baile, no protesta. Llegó la flaca al convite con su falda y su sombrero; mi tío, sin que la evite, la sacó a bailar primero. Bailaron hasta las cuatro cumbia, danzón y ranchera; se le desarmó el zapato y se le fue una cadera. Se olvidó del compromiso y pidió la del estribo; hoy la espera, y es preciso, pues por eso sigue vivo.

Ernesto, el zapatero

Ernesto compone suelas en su taller del rincón; la Catrina, entre las velas, le enseñó su zapatón. -Se me rompió el zapatito de tanto andar el camino. Ernesto, sin un gritito, lo cosió con hilo fino. Le puso tacón de goma para no hacer tanto ruido; y hoy la flaca, cuando asoma, ya no la oye ni el oído. No traía ni un centavo y dejó un hueso de prenda; hoy Ernesto es quien da el clavo, y ella barre bien la tienda.

Ernesto y su violín

Ernesto toca el violín en la plaza del mercado; llegó la flaca al jardín con su traje bien planchado. -Tóqueme Las golondrinas, que me voy para mi tierra. Ernesto, con sus rutinas, le tocó El rey de la sierra. Se soltó a cantar la flaca con su voz de puro viento; sonaba como matraca y espantó al del instrumento. Le cobraron la tocada mil quinientos por canción; y la flaca, ya arruinada, hoy le carga el bandolón.

Ernesto, el velador

Ernesto cuida el portón desde las diez de la noche; y la flaca, sin razón, se colaba con su coche. -Alto ahí, gritó de un salto, y enséñeme su gafete. La huesuda, de un asalto, le enseñó un puro juguete. Ernesto no le hizo caso y la apuntó en la libreta; le cerró el último paso y la echó pa' la banqueta. Se quedó toda la noche formadita en la caseta; hoy le abren, y sin reproche, pero firma la libreta.

Ernesto, el pescador

Ernesto sale a pescar desde antes que aclare el día; la flaca lo fue a buscar en su lancha, todavía. -Súbase, pero se aguanta, que la red ya está tendida. La Catrina no se espanta y se sube, decidida. Jaló la red con Ernesto y sacaron dos mojarras; se cansó y perdió su puesto por soltar hasta las garras. Regresaron ya de tarde con la lancha bien llenita; la flaca, que no es cobarde, hoy le rema la lanchita.

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