Calaveritas literarias para Fátima

Fátima tiene un modo tranquilo de resolverlo todo, y con eso la huesuda pierde el paso. Aquí van versos para la ofrenda, para el salón de clases o para la reunión de la familia.

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Fátima y la flaca de la puerta

Fátima llega cantando con su trenza y su listón; va sus letras repasando por la calle, hasta el portón. En la puerta la esperaba una flaca chiquitita, que de frío tiritaba sin bufanda ni gorrita. Fátima le dio su abrigo, la mitad de su tortilla, un lugar junto al amigo y un asiento en la otra silla. La calaca, agradecida, ya ni quiso levantarse; se olvidó de la salida y prefirió ahí quedarse.

Fátima, la de la calma

Fátima no alza la voz, pero todo lo resuelve; con paciencia y con arroz al perdido lo devuelve. Fue la huesuda a buscarla por la casa, en el jardín; no se atrevió a molestarla, que la vio con su trajín. Fátima le dio una taza de café con su canela; la sentó dentro de casa como se hace con la abuela. La huesuda se sintió tan a gusto y tan querida, que la lista se guardó y se fue por la avenida.

Fátima la abogada

Fátima ve el expediente y defiende bien al cliente; no hay juez que se le resista ni contrario que la embista. Le llegó un caso pesado, un asunto complicado: la huesuda, de acusada, por llevarse la posada. Fátima pidió las pruebas, los testigos y las nuevas; y encontró que la difunta firmó todo, y sin pregunta. Ganó el juicio de una vez, la Catrina pagó el mes; y de tanto papeleo hoy le sirve de correo.

Fátima la de la fonda

Fátima abrió su cocina a las siete en la mañana; puso el caldo, puso harina, y el guisado que da gana. Se sentó, y con mucha pena, la huesuda de la entrada: -Deme sopa de la buena y una carne bien guisada. Fátima le dio tortilla, frijolitos y guisado; le llenó bien la vajilla y el jarrito del mandado. La huesuda se llenó, se aflojó hasta el cinturón; al difunto lo olvidó y pidió otro cucharón.

Fátima y el yoga

Fátima enseña a soltar el enojo y el pesar; pone tapete y bocina y respira la vecina. Se apuntó la calaquita con su tapete y mallita: -Vengo por relajación y a llevarme a un montón. Fátima marcó el guerrero, el saludo mañanero; la huesuda se dobló y no supo si tronó. Se enredó de pies y manos y no halló ni sus hermanos; Fátima la desató y la lista se perdió.

Fátima la jardinera

Fátima siembra macetas allá arriba de su casa; rosas, hierbas y violetas y una flor que no se pasa. La Catrina se asomó por la barda, muy curiosa: -Este verde me gustó y esa mata tan hermosa. Fátima le dio un manojo de romero y perejil; le enseñó, con mucho antojo, a regarlo cada abril. La Catrina se llevó la maceta y la semilla; al vecino lo olvidó y sembró su florecilla.

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