Calaveritas literarias para Fátima
Fátima tiene un modo tranquilo de resolverlo todo, y con eso la huesuda pierde el paso. Aquí van versos para la ofrenda, para el salón de clases o para la reunión de la familia.
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Fátima y la flaca de la puerta
Fátima llega cantando
con su trenza y su listón;
va sus letras repasando
por la calle, hasta el portón.
En la puerta la esperaba
una flaca chiquitita,
que de frío tiritaba
sin bufanda ni gorrita.
Fátima le dio su abrigo,
la mitad de su tortilla,
un lugar junto al amigo
y un asiento en la otra silla.
La calaca, agradecida,
ya ni quiso levantarse;
se olvidó de la salida
y prefirió ahí quedarse.
Fátima, la de la calma
Fátima no alza la voz,
pero todo lo resuelve;
con paciencia y con arroz
al perdido lo devuelve.
Fue la huesuda a buscarla
por la casa, en el jardín;
no se atrevió a molestarla,
que la vio con su trajín.
Fátima le dio una taza
de café con su canela;
la sentó dentro de casa
como se hace con la abuela.
La huesuda se sintió
tan a gusto y tan querida,
que la lista se guardó
y se fue por la avenida.
Fátima la abogada
Fátima ve el expediente
y defiende bien al cliente;
no hay juez que se le resista
ni contrario que la embista.
Le llegó un caso pesado,
un asunto complicado:
la huesuda, de acusada,
por llevarse la posada.
Fátima pidió las pruebas,
los testigos y las nuevas;
y encontró que la difunta
firmó todo, y sin pregunta.
Ganó el juicio de una vez,
la Catrina pagó el mes;
y de tanto papeleo
hoy le sirve de correo.
Fátima la de la fonda
Fátima abrió su cocina
a las siete en la mañana;
puso el caldo, puso harina,
y el guisado que da gana.
Se sentó, y con mucha pena,
la huesuda de la entrada:
-Deme sopa de la buena
y una carne bien guisada.
Fátima le dio tortilla,
frijolitos y guisado;
le llenó bien la vajilla
y el jarrito del mandado.
La huesuda se llenó,
se aflojó hasta el cinturón;
al difunto lo olvidó
y pidió otro cucharón.
Fátima y el yoga
Fátima enseña a soltar
el enojo y el pesar;
pone tapete y bocina
y respira la vecina.
Se apuntó la calaquita
con su tapete y mallita:
-Vengo por relajación
y a llevarme a un montón.
Fátima marcó el guerrero,
el saludo mañanero;
la huesuda se dobló
y no supo si tronó.
Se enredó de pies y manos
y no halló ni sus hermanos;
Fátima la desató
y la lista se perdió.
Fátima la jardinera
Fátima siembra macetas
allá arriba de su casa;
rosas, hierbas y violetas
y una flor que no se pasa.
La Catrina se asomó
por la barda, muy curiosa:
-Este verde me gustó
y esa mata tan hermosa.
Fátima le dio un manojo
de romero y perejil;
le enseñó, con mucho antojo,
a regarlo cada abril.
La Catrina se llevó
la maceta y la semilla;
al vecino lo olvidó
y sembró su florecilla.
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