Calaveritas literarias para Enrique

Enrique responde a Quique con la misma sonrisa, y esa sonrisa es la que trae de cabeza a la huesuda. Lo ha buscado entre tacos, motores, balones y greñas, y siempre sale de ahí con algo nuevo puesto. Aquí van calaveritas para todos los Enrique de la casa.

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Quique en el recreo

Quique reparte su torta en el patio del recreo; la calaca, que lo escolta, le pidió un pedazo feo. Quique le dio la mitad con jamón y con frijol; la flaca, con amistad, lo invitó a jugar futbol. Desde entonces la huesuda va al recreo a la carrera, y Quique siempre saluda a su amiga calavera.

Mi abuelo Enrique

Mi abuelo Enrique tenía un sombrero y un bastón; con los dos nos dirigía la orquesta del corazón. Llegó la flaca callada y le dijo: -Vamos, viejo. Él no le contestó nada, solo se peinó al espejo. Se fue con la calavera tomadito de la mano, y dejó en la cabecera su sombrero de verano.

Quique y su taquería

Quique tiene taquería con pastor y con cabeza; su salsa es pura alegría y el limón, la fortaleza. Vino la flaca de antojo y pidió cinco de todo; le sirvió chile bien rojo y ella lo aguantó a su modo. Sudó la muerte tantito, con el hueso colorado, y salió por su vasito sin llevarse al convidado.

Enrique el mecánico

Enrique arregla motores con aceite y con sudor; les compone los dolores y los deja sin temblor. Vino la flaca en carcacha con el mofle reventado; Enrique, que no se agacha, se lo dejó reparado. Le cobró con un abrazo, y la muerte, agradecida, le extendió por otro plazo su garantía de vida.

Quique bajo los tres palos

Quique juega de portero y no le entra ni un balón; ataja hasta el aguacero y el silbato del patrón. La flaca tiró un penal con la tibia bien parada; Quique voló sin igual y la dejó rebotada. Como no le mete gol, la huesuda ya cambió: le sostiene el parasol y hasta el agua le sirvió.

Enrique, tijera y navaja

Enrique es buen peluquero, con tijera y con navaja; le da forma con esmero a cualquier greña que baja. Llegó la flaca pelona pidiendo un corte moderno; Enrique no la abandona aunque el trabajo era eterno. Le dibujó con plumón un copete colorado, y hoy la muerte, de ilusión, se peina de medio lado.

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