Calaveritas literarias para Emmanuel

Emmanuel se vuelve Manu en cuanto hay confianza, y las dos formas caben bien en el verso. Por aquí anda con la lonchera, el serrucho, la cuchara y la moto del reparto, y la huesuda siempre termina de ayudante. Léelas y quédate con la que le venga.

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Manu y su lonchera

Manu lleva su lonchera con su torta y con su pera; se le acercó la calaca con un hambre de matraca. -Convídame de tu torta, que traigo la panza corta. Manu le partió un pedazo y la flaca dio un abrazo. Se sentaron a comer y olvidaron el deber; hoy la flaca, cada día, come torta en compañía.

Emmanuel, mi papá

Emmanuel es mi papá, el más bueno del lugar; si me caigo, siempre está para verme levantar. Vino la flaca a la casa preguntando por el dueño; mi papá, que nada pasa, no soltaba ni su sueño. Lo despierta la Catrina y él le dijo, sin enojo: -Ya me voy, pero camina; antes déjame un antojo. Se tomaron el café y contaron mil historias; la Catrina no se fue y ahí guarda sus memorias.

Emmanuel, el carpintero

Emmanuel cepilla y clava mesas, sillas y roperos; la calaca lo miraba con antojo de maderos. -Hágame usted mi cajita de cedro y de buen barniz. Manu, que ya se ejercita, le midió hasta la nariz. Le salió medio chiquita porque sobra la osamenta; Manu, sin poner carita, le pasó por fin la cuenta. No le alcanzó ni un centavo y quedó a deberle la obra; hoy le lija, hoy le da clavo, y la deuda nunca cobra.

Manu, el cocinero

Manu guisa en el fogón mole, arroz y chicharrón; llegó la flaca hasta la olla con su cuchara y su argolla. -Vengo por el cocinero, pero antes quiero el caldero. Manu le sirvió su plato y otro plato, y otro rato. Se tragó la olla completa y el agua de la cubeta; le agarró un dolor de panza que ni el té de anís le alcanza. Se quedó pidiendo agüita y una manta calientita; hoy regresa a la cocina y solo por gelatina.

Emmanuel, el jardinero

Emmanuel poda el jardín de la casa del doctor; llegó la flaca al festín de la rosa y de la flor. -Vengo por el jardinero, que ya lleva mucho aquí. Manu le prestó el sombrero y a podar la puso allí. Le enseñó a cortar el pasto y a regar bien los rosales; la flaca llenó el canasto de cempasúchil, sin males. Se llenó de tanta flor que perdió la calavera; hoy la ves de buen humor regando la enredadera.

Manu, el repartidor

Manu reparte paquetes en su moto colorada; la Catrina, entre juguetes, lo esperaba en la parada. -Traigo un sobre para usted, aquí firme con su huesito. Ella dijo: -Tengo sed, deme un vaso, buen hijito. Manu le llevó agua fresca y también un pan de nata; ella, que de todo pesca, se sirvió con garra y pata. Se le hizo tarde la entrega y el paquete se quedó; hoy la flaca es quien entrega y a Manu nunca alcanzó.

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