Calaveritas literarias para Emiliano

Emiliano es nombre de los que no se dejan, y la huesuda ya lo aprendió a la mala. Estas calaveritas lo siguen por el recreo, por el cariño del abuelo, por la milpa, por el ring, por la universidad y por el pasillo del mercado. Léelas en el altar, en la escuela o dedícaselas al Emiliano que te saca una sonrisa.

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Emiliano en el recreo

Emiliano en el recreo juega trompo y avioncito; gana siempre, según veo, y celebra con un grito. Llegó la calaca al juego a jugarse una partida: -Si me ganas, niño, luego te regalo más de vida. Emiliano tiró el trompo, lo bailó sobre su mano, y la flaca, en el asombro, se cayó de puro plano. Perdió la muerte la apuesta y cumplió con lo pactado: le dejó la vida abierta y el marfil bien torneado.

Emiliano, nieto mío

Emiliano, nieto mío, retoño de mi retoño, me devuelves con tu brío la primavera en otoño. Cuando venga la Catrina por mis años ya contados, guárdame en tu risa fina y en los juegos ya jugados. No me llores, mi valiente: ponme mole y un tamal, y sabrás que estoy presente en mi silla del portal. Porque el abuelo no se ha ido mientras el nieto lo nombra; la flaca se lleva el ruido, pero jamás nuestra sombra.

Emiliano en la milpa

Emiliano ara la tierra desde que despunta el sol; con su yunta y con su perra va sembrando su frijol. Vino la flaca temprano con su hoz muy afilada: -Vengo por ti, buen cristiano, que tu cita está aplazada. Emiliano, sin hablar, le entregó el azadón: -Ayúdame a cosechar y después la discusión. La flaca aró todo el día bajo el sol y el aguacero, y ya cuando anochecía se olvidó del jornalero.

Emiliano en el ring

Emiliano se entrenó para el pleito del domingo, y la flaca se apuntó de rival, con su respingo. Sonó entonces la campana y salió la retadora, con la quijada de lana y una guardia encantadora. Emiliano tiró un gancho que pegó en pleno mentón, y la flaca, en todo el rancho, se regó como un montón. Se juntó como ella pudo, recogió cada costilla, y le dijo, con saludo: -Nos vemos en la otra orilla.

Emiliano el estudiante

Emiliano va a la escuela de ingeniero y soñador, con apuntes en la vela y exámenes de terror. La Catrina se sentó en la banca de hasta atrás, y el examen presentó sin estudiar ni un compás. Reprobó por no estudiar, la mandaron a segunda, y olvidó, por repasar, su tarea moribunda. Emiliano se graduó con mención y con honores, y a la muerte le tocó recursar entre temores.

Emiliano en el mercado

Emiliano vende fruta en el puesto de la entrada; grita el precio y no se inmuta ni con lluvia ni granizada. Llegó la flaca a comprar mango, mamey y melón, y se puso a regatear el precio de cada montón. Emiliano, muy paciente, le bajó como cinco pesos, y le dio, tan sonriente, un pilón para sus huesos. La flaca se fue contenta con su bolsa bien llenita, y olvidó, con tanta venta, que traía su listita.

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