Calaveritas literarias para Emiliano
Emiliano es nombre de los que no se dejan, y la huesuda ya lo aprendió a la mala. Estas calaveritas lo siguen por el recreo, por el cariño del abuelo, por la milpa, por el ring, por la universidad y por el pasillo del mercado. Léelas en el altar, en la escuela o dedícaselas al Emiliano que te saca una sonrisa.
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Emiliano en el recreo
Emiliano en el recreo
juega trompo y avioncito;
gana siempre, según veo,
y celebra con un grito.
Llegó la calaca al juego
a jugarse una partida:
-Si me ganas, niño, luego
te regalo más de vida.
Emiliano tiró el trompo,
lo bailó sobre su mano,
y la flaca, en el asombro,
se cayó de puro plano.
Perdió la muerte la apuesta
y cumplió con lo pactado:
le dejó la vida abierta
y el marfil bien torneado.
Emiliano, nieto mío
Emiliano, nieto mío,
retoño de mi retoño,
me devuelves con tu brío
la primavera en otoño.
Cuando venga la Catrina
por mis años ya contados,
guárdame en tu risa fina
y en los juegos ya jugados.
No me llores, mi valiente:
ponme mole y un tamal,
y sabrás que estoy presente
en mi silla del portal.
Porque el abuelo no se ha ido
mientras el nieto lo nombra;
la flaca se lleva el ruido,
pero jamás nuestra sombra.
Emiliano en la milpa
Emiliano ara la tierra
desde que despunta el sol;
con su yunta y con su perra
va sembrando su frijol.
Vino la flaca temprano
con su hoz muy afilada:
-Vengo por ti, buen cristiano,
que tu cita está aplazada.
Emiliano, sin hablar,
le entregó el azadón:
-Ayúdame a cosechar
y después la discusión.
La flaca aró todo el día
bajo el sol y el aguacero,
y ya cuando anochecía
se olvidó del jornalero.
Emiliano en el ring
Emiliano se entrenó
para el pleito del domingo,
y la flaca se apuntó
de rival, con su respingo.
Sonó entonces la campana
y salió la retadora,
con la quijada de lana
y una guardia encantadora.
Emiliano tiró un gancho
que pegó en pleno mentón,
y la flaca, en todo el rancho,
se regó como un montón.
Se juntó como ella pudo,
recogió cada costilla,
y le dijo, con saludo:
-Nos vemos en la otra orilla.
Emiliano el estudiante
Emiliano va a la escuela
de ingeniero y soñador,
con apuntes en la vela
y exámenes de terror.
La Catrina se sentó
en la banca de hasta atrás,
y el examen presentó
sin estudiar ni un compás.
Reprobó por no estudiar,
la mandaron a segunda,
y olvidó, por repasar,
su tarea moribunda.
Emiliano se graduó
con mención y con honores,
y a la muerte le tocó
recursar entre temores.
Emiliano en el mercado
Emiliano vende fruta
en el puesto de la entrada;
grita el precio y no se inmuta
ni con lluvia ni granizada.
Llegó la flaca a comprar
mango, mamey y melón,
y se puso a regatear
el precio de cada montón.
Emiliano, muy paciente,
le bajó como cinco pesos,
y le dio, tan sonriente,
un pilón para sus huesos.
La flaca se fue contenta
con su bolsa bien llenita,
y olvidó, con tanta venta,
que traía su listita.
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