Calaveritas literarias para Elena
Elena es de esas que resuelven todo y de paso consuelan al que llora. Por eso la Catrina le trae ganas, aunque siempre termina saliendo perdiendo. Aquí están sus calaveritas, hechas para leerse en voz alta y sin miedo.
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Elena y la resta
Elena llega temprano
con su mochila de flores;
levanta siempre la mano
y se sabe los colores.
La calaca, en el recreo,
se sentó con Elenita:
-Vengo por ti, ya te veo,
guarda ya tu libretita.
-Espere -dijo Elena-,
falta un problema que hacer;
si lo saca, no da pena
y me puede recoger.
Se enredó con esa resta,
se rascó la calavera;
hoy la muerte va a la fiesta
del salón, como cualquiera.
Elena, la de mi vida
Elena, la de mi vida,
la que manda en la cocina,
la que cura una caída
con un beso y aspirina.
Dicen que te anda rondando
la que carga la guadaña;
yo la anduve mareando
con mentiras y con maña.
Le conté de tu jornada,
de los nietos y del huerto;
y se fue desanimada
por el rumbo, y ya no ha vuelto.
Quédate un ratito más,
que ya puse los tamales;
si la flaca viene atrás,
que se traiga los mezcales.
Elena y su credencial
Elena en la biblioteca
pone orden y nadie peca;
llegó la flaca a leer
sin credencial ni deber.
-Yo vengo por la encargada
que me trae amenazada;
me cobró la multa entera
por un libro de aquella era.
Elena, sin despeinarse,
le pidió identificarse;
la calaca no traía
ni una foto, ni su día.
Se quedó en la fila quieta
esperando su boleta;
y hasta la fecha, esperando,
y el mundo sigue rodando.
El pan de Elena
Elena amasa el bolillo,
la concha y el panecillo;
vino la flaca de antojo
y se le hacía agua el ojo.
-Deme un cuerno y una oreja,
un polvorón y una teja;
y de pilón un besito
de ese pan tan calientito.
Elena llenó el canasto
sin fijarse en tanto gasto;
la Catrina, a puro diente,
se acabó lo más caliente.
Se llenó la condenada
y quedó bien apretada;
hoy trabaja de ayudante
por un pan a cada instante.
Elena y el perro de la flaca
Elena cura animales,
perros, gatos y zorzales;
llegó la flaca cargando
un perrito que iba aullando.
-Este can es mi escudero,
me acompaña el año entero;
se me enfermó del oído
y ya no oye ni un ladrido.
Elena lo revisó,
gotitas le recetó;
y de pasada, al pendiente,
le lavó a la muerte el diente.
Quedó la flaca contenta
y hasta pagó bien la cuenta;
hoy le cuida el consultorio
y no pisa el velatorio.
La licenciada Elena
Elena, la licenciada,
gana el pleito con mirada;
se le presentó la muerte
con demanda y con su suerte.
-Vengo a que me represente
contra toda aquella gente
que me tacha de malvada
si nomás soy la encargada.
Elena leyó el papel,
buscó un artículo fiel;
y encontró en letra chiquita
que la flaca no acredita.
Le ganaron el amparo
y salió del juicio en claro;
hoy la muerte, agradecida,
le pospone la partida.
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