Calaveritas literarias para Efrén
Efrén es de los que se aprenden el trabajo con las manos y no lo sueltan. La huesuda lo ha querido agarrar en la cocina, arriba del tren, entre los costales de la bodega y hasta colgado de un poste, y siempre se queda con las ganas. Aquí van sus versos.
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Efrén y su lonchera
Efrén trae en la lonchera
un tamal y una manzana;
la comparte en la escalera
con quien llegue de mañana.
La calaca se acercó
con la panza bien vacía;
Efrén se la compartió,
la mitad que ahí traía.
La calaca se llenó
y se le quitó lo brava;
el recado se olvidó
y de guardia se quedaba.
Efrén, mi hermano
Efrén me enseñó de niño
a andar bici y a silbar;
me cuidaba con cariño
y sin nunca regañar.
Se le apareció la huesuda
en el patio, de repente;
Efrén, sin la menor duda,
la sentó junto a la gente.
Le prestó su bici usada
y a rodar sin resbalar;
hoy la muerte, entusiasmada,
solo viene a pasear.
Efrén y su sartén
Efrén mueve su sartén
con la mano y con el ojo;
le echa sal y sabe bien
aunque salga medio rojo.
Pidió la flaca guisado
con su arroz y sus chilitos;
se lo puso bien picado
y le ardieron los huesitos.
Se bebió toda la jarra
sin quitarse lo picoso;
hoy la flaca, ya sin garra,
pide el plato más sabroso.
Efrén y su tren
Efrén maneja aquel tren
que va rumbo a la frontera;
no le falla ni el andén
ni la vía ni la espera.
Se subió la calavera
sin boleto y sin costal;
se acomodó en la trasera
en el carro de metal.
Efrén jaló el silbatazo
y la flaca se cayó;
quedó colgada de un brazo
y hasta Sonora llegó.
Efrén y el almacén
Efrén cuida el almacén
con su lista y su carrito;
sabe dónde está y también
cuánto queda hasta el clavito.
Fue la muerte a inventariar
los costales del rincón;
se perdió sin encontrar
ni la puerta ni el portón.
Efrén la sacó de abajo
entre cajas y jabón;
y le dio hasta su trabajo
de contar cada cartón.
Efrén y la corriente
Efrén cuida la corriente
del poste y del apagón;
le echa cinta a lo pendiente
y te enciende el callejón.
Se trepó la calavera
a robarse los alambres;
tocó el cable de la acera
y le dieron mil calambres.
Quedó tiesa y bien peinada
con los huesos de puntitas;
hoy la flaca, escarmentada,
solo apaga las velitas.
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