Calaveritas literarias para Efraín
A Efraín le ha tocado de todo: el salón, la obra, el taquiza y el taller. La huesuda lo ha buscado en cada uno y siempre sale trasquilada, con la cuenta abierta o repitiendo año. Aquí van versos para dedicarle a cualquier Efraín de la familia.
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Efraín y sus canicas
Efraín juega en la escuela
con canicas de cristal;
la huesuda se le cuela
con su bolsa de costal.
-Efraín, vengo por ti,
ya no juegues, ven aquí.
Él le dijo: -Ten paciencia,
que aún no toca la asistencia.
La calaca se formó
y en la lista se apuntó;
ya no asusta ni hace daño:
va a la escuela todo el año.
Efraín, mi hermano
Efraín, mi hermano grande,
me llevaba de la mano;
no hay tarea que no mande
y me despierta temprano.
Vino a verlo la Catrina
con su rebozo de flores;
se sentó en nuestra cocina
a contarnos sus amores.
Efraín le dio un tamal
y un atole de cajeta;
la Catrina, muy formal,
le pidió hasta la receta.
Se olvidó de a qué venía
y ahí sigue de visita;
mi hermano le da alegría
y ella nunca se la quita.
Efraín, el albañil
Efraín pega ladrillo
con cuchara y con nivel;
llegó la flaca al pasillo
con su plano y su papel.
-Te construyo una casita
con maderas de buen pino.
Efraín, que no se irrita,
le ofreció mejor un vino.
Le enseñó a mezclar cemento
y a cargar el carretón;
la huesuda, sin aliento,
se sentó sobre un montón.
Hoy la flaca es su chalana
y le pasa el material;
cobra poco a la semana
y no falta ni al final.
Efraín y sus tacos
Efraín pone su puesto
de pastor y de suadero;
la Catrina, sin pretexto,
se formó desde primero.
-Écheme cinco con todo,
con cebolla y con limón.
Efraín, de muy buen modo,
le sirvió doble ración.
La salsa la puso roja
y sudó lo que no tiene;
la guadaña se le afloja
y ya nadie la sostiene.
Se llevó cinco de lengua
y dejó la cuenta abierta;
su apetito nunca mengua:
hoy los sirve en esa puerta.
Efraín, el mecánico
Efraín, en su taller,
desarma un carro viejito;
llegó la flaca a traer
al dueño del cochecito.
La huesuda dijo: -Vengo
por el dueño y por el carro.
Él le dijo: -No lo tengo,
todavía está en el barro.
La calaca se sentó
a esperar la refacción;
tres semanas aguantó
y pagó la afinación.
Se marchó sin el difunto
pero estrena camioneta;
hoy la ves, con todo y punto,
dando vuelta a la glorieta.
Efraín, el peluquero
Efraín corta el cabello
con tijera y con navaja;
la Catrina, sin resuello,
se formó con su mortaja.
-Córteme a la última moda,
dijo la de la guadaña.
Efraín ya la acomoda
y le halla una telaraña.
Le lavó los huesos secos
con champú de manzanilla;
le peinó los pocos flecos
y le armó buena patilla.
Se miró en el espejito,
tan bonita y consentida,
que dejó su recadito
y aplazó la despedida.
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