Calaveritas literarias para Efraín

A Efraín le ha tocado de todo: el salón, la obra, el taquiza y el taller. La huesuda lo ha buscado en cada uno y siempre sale trasquilada, con la cuenta abierta o repitiendo año. Aquí van versos para dedicarle a cualquier Efraín de la familia.

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Efraín y sus canicas

Efraín juega en la escuela con canicas de cristal; la huesuda se le cuela con su bolsa de costal. -Efraín, vengo por ti, ya no juegues, ven aquí. Él le dijo: -Ten paciencia, que aún no toca la asistencia. La calaca se formó y en la lista se apuntó; ya no asusta ni hace daño: va a la escuela todo el año.

Efraín, mi hermano

Efraín, mi hermano grande, me llevaba de la mano; no hay tarea que no mande y me despierta temprano. Vino a verlo la Catrina con su rebozo de flores; se sentó en nuestra cocina a contarnos sus amores. Efraín le dio un tamal y un atole de cajeta; la Catrina, muy formal, le pidió hasta la receta. Se olvidó de a qué venía y ahí sigue de visita; mi hermano le da alegría y ella nunca se la quita.

Efraín, el albañil

Efraín pega ladrillo con cuchara y con nivel; llegó la flaca al pasillo con su plano y su papel. -Te construyo una casita con maderas de buen pino. Efraín, que no se irrita, le ofreció mejor un vino. Le enseñó a mezclar cemento y a cargar el carretón; la huesuda, sin aliento, se sentó sobre un montón. Hoy la flaca es su chalana y le pasa el material; cobra poco a la semana y no falta ni al final.

Efraín y sus tacos

Efraín pone su puesto de pastor y de suadero; la Catrina, sin pretexto, se formó desde primero. -Écheme cinco con todo, con cebolla y con limón. Efraín, de muy buen modo, le sirvió doble ración. La salsa la puso roja y sudó lo que no tiene; la guadaña se le afloja y ya nadie la sostiene. Se llevó cinco de lengua y dejó la cuenta abierta; su apetito nunca mengua: hoy los sirve en esa puerta.

Efraín, el mecánico

Efraín, en su taller, desarma un carro viejito; llegó la flaca a traer al dueño del cochecito. La huesuda dijo: -Vengo por el dueño y por el carro. Él le dijo: -No lo tengo, todavía está en el barro. La calaca se sentó a esperar la refacción; tres semanas aguantó y pagó la afinación. Se marchó sin el difunto pero estrena camioneta; hoy la ves, con todo y punto, dando vuelta a la glorieta.

Efraín, el peluquero

Efraín corta el cabello con tijera y con navaja; la Catrina, sin resuello, se formó con su mortaja. -Córteme a la última moda, dijo la de la guadaña. Efraín ya la acomoda y le halla una telaraña. Le lavó los huesos secos con champú de manzanilla; le peinó los pocos flecos y le armó buena patilla. Se miró en el espejito, tan bonita y consentida, que dejó su recadito y aplazó la despedida.

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