Calaveritas literarias para Eduardo

A Eduardo, o Lalo para los cuates, la huesuda le trae ganas desde hace rato, pero siempre se le escapa por un costadito. Aquí van versos para dedicarle en el salón de clases, en la fiesta del barrio o en el altar de la casa.

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Eduardo y su lonchera

Eduardo llega a la escuela con su lonchera de flores, y en la clase de acuarela pinta muertos de colores. Se le apareció la flaca justo a la hora del recreo, bien columpiada en la hamaca: -Lalo, desde aquí te veo. Le prestó sus colorines y pintaron calaveras, caracoles y delfines, papalotes y banderas. Ya sonó la campanita y la flaca se marchó, pero deja una notita: -Cuando crezcas, vuelvo yo.

Para mi Lalo querido

Lalo, mi compadre fiel, el del abrazo sincero, el que endulza como miel la tarde de un mal enero. Si viniera la Catrina a buscarte en la mañana, le daré de mi cantina y un tamal de la ventana. Porque a ti, Lalo del alma, te quiero por muchos años: con tu risa y con tu calma se me quitan los engaños. Si algún día te adelantas y la flaca gana el juego, guárdame de esas que cantas una para cantar luego.

Lalo el taquero

Lalo pone su taquiza en la esquina del mercado; con su cuchillo que atiza deja el pastor bien picado. La huesuda se formó con hambre de mil difuntos: -Sírveme lo que sobró y nos vamos los dos juntos. Lalo le sirvió de todo: cebolla, salsa y limón; la flaca comió a su modo y pidió un nuevo montón. Tanto taco se comió que olvidó a lo que venía, y en la esquina se quedó de clienta hasta el otro día.

Lalo el mecánico

Lalo destapa motores con aceite hasta los codos; cura tos y sinsabores de los carros y de todos. Llegó la flaca en carcacha echando humo por la cola: -Traigo una pésima racha y me quedé aquí bien sola. Le cambió Lalo balatas, bujías y radiador, le lavó las cuatro patas y afinó bien el motor. Quedó el carro tan bonito que la flaca lo estrenó, y se fue de paseíto y hasta el nombre se olvidó.

Lalo el de la tocada

Lalo pone la tocada en las bodas y quince años; lleva bocina cargada con cumbias de muchos años. La Catrina se coló sin invitación ni nada, y en la pista se soltó con la falda arremangada. Lalo le puso un danzón y después la quebradita, cumbia, salsa y reggaetón hasta romper la banquita. Se cansó tanto la flaca de brincar como resorte, que se le zafó una placa y olvidó su pasaporte.

Lalo el contador

Lalo cuenta los centavos con lupa y calculadora; no se le van ni los clavos ni un peso de la señora. Llegó la flaca a cobrarle una deuda del pasado: -Ya no puedo perdonarle, vengo con el plazo dado. Lalo sacó su libreta y aplicó la deducción; le encontró, con su receta, hasta una devolución. La Catrina, agradecida, le devolvió su expediente, y le dio más de una vida por contador diligente.

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