Calaveritas literarias para Diego
Todo Diego tiene fama de escurridizo, y la huesuda ya perdió la cuenta de las veces que se le ha ido de las manos. Estas calaveritas lo persiguen por la escuela, el patio del abuelo, la obra negra, la cancha, la plaza y hasta en su moto de repartidor. Léelas en el altar o dedícaselas al Diego de tu casa el Día de Muertos.
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Diego y su balón
Diego llega a la escuela
pateando su balón;
no hay ventana que no duela
ni maceta en el rincón.
La calaquita salió
del arbolito del patio:
-Préstame el balón -pidió-,
que yo juego muy despacio.
Diego le prestó el balón
y jugaron todo el día;
se acabó la diversión
cuando el timbre ya venía.
La calaca, agradecida,
le firmó su cuadernito:
-Vuelvo el año que se pida,
sigue jugando, angelito.
Don Diego, mi abuelo
Don Diego, de pelo blanco,
sombrero y bastón de encino,
te sentabas en el banco
a contarme tu camino.
Te llevó la flaca un día
sin permiso y sin aviso,
pero queda tu alegría
regando este paraíso.
Hoy te puse tu tequila,
tu cigarro y tu canción,
y una vela que vigila
el camino a mi rincón.
Que la muerte te dé un rato
para verte y platicar;
te guardé tu mismo plato
y tu sitio en el hogar.
Diego el albañil
Diego levanta paredes
con cuchara y con nivel;
no hay muro que se le enrede
ni cimiento que sea infiel.
Llegó la flaca a la obra
pidiendo una construcción:
-Quiero cripta, y no de sobra,
con jacuzzi y con balcón.
Diego le pidió anticipo
y un plano bien detallado;
la Catrina, sin recibo,
se quedó del otro lado.
Y hoy la muerte, que es morosa,
sigue viendo el presupuesto,
mientras Diego, sin más cosa,
ya construyó todo el resto.
Diego, el del gol
Diego juega en la llanura
cada domingo temprano,
con la playera más dura
y el corazón en la mano.
La huesuda fue portera
en el juego de la final;
paró todo lo que viniera
menos el tiro mortal.
Diego cobró el penal
con la zurda, de bombita,
y el balón entró tan mal
que tumbó su costillita.
Desde entonces la Catrina
ya no ataja ni un balón:
se dedica a la bocina
y le grita a su campeón.
Diego y su guitarra
Diego toca su guitarra
en la plaza, al mediodía,
y no hay pena que no barra
con su vieja melodía.
Llegó la flaca a pedirle
una pieza de dolor;
Diego, en vez de complacerle,
le cantó un son de amor.
La Catrina se soltó
bailando entre los rosales,
y de tanto que bailó
se le fueron los timbales.
Diego cobró su tocada
en años, no en tostones,
y la muerte, enamorada,
le dejó cuatro canciones.
Diego en su moto
Diego reparte comida
en su moto, sin parar;
recorre toda la avenida
sin descanso ni cenar.
La flaca pidió a domicilio
tres pozoles y un tamal,
y esperó, con mucho sigilo,
en la reja del portal.
Diego llegó en un minuto,
tocó el timbre y esperó;
salió la muerte de luto
pero nunca le pagó.
Desde entonces, cada noche,
Diego cobra por delante,
y la flaca, sin reproche,
le da propina abundante.
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