Calaveritas literarias para Diego

Todo Diego tiene fama de escurridizo, y la huesuda ya perdió la cuenta de las veces que se le ha ido de las manos. Estas calaveritas lo persiguen por la escuela, el patio del abuelo, la obra negra, la cancha, la plaza y hasta en su moto de repartidor. Léelas en el altar o dedícaselas al Diego de tu casa el Día de Muertos.

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Diego y su balón

Diego llega a la escuela pateando su balón; no hay ventana que no duela ni maceta en el rincón. La calaquita salió del arbolito del patio: -Préstame el balón -pidió-, que yo juego muy despacio. Diego le prestó el balón y jugaron todo el día; se acabó la diversión cuando el timbre ya venía. La calaca, agradecida, le firmó su cuadernito: -Vuelvo el año que se pida, sigue jugando, angelito.

Don Diego, mi abuelo

Don Diego, de pelo blanco, sombrero y bastón de encino, te sentabas en el banco a contarme tu camino. Te llevó la flaca un día sin permiso y sin aviso, pero queda tu alegría regando este paraíso. Hoy te puse tu tequila, tu cigarro y tu canción, y una vela que vigila el camino a mi rincón. Que la muerte te dé un rato para verte y platicar; te guardé tu mismo plato y tu sitio en el hogar.

Diego el albañil

Diego levanta paredes con cuchara y con nivel; no hay muro que se le enrede ni cimiento que sea infiel. Llegó la flaca a la obra pidiendo una construcción: -Quiero cripta, y no de sobra, con jacuzzi y con balcón. Diego le pidió anticipo y un plano bien detallado; la Catrina, sin recibo, se quedó del otro lado. Y hoy la muerte, que es morosa, sigue viendo el presupuesto, mientras Diego, sin más cosa, ya construyó todo el resto.

Diego, el del gol

Diego juega en la llanura cada domingo temprano, con la playera más dura y el corazón en la mano. La huesuda fue portera en el juego de la final; paró todo lo que viniera menos el tiro mortal. Diego cobró el penal con la zurda, de bombita, y el balón entró tan mal que tumbó su costillita. Desde entonces la Catrina ya no ataja ni un balón: se dedica a la bocina y le grita a su campeón.

Diego y su guitarra

Diego toca su guitarra en la plaza, al mediodía, y no hay pena que no barra con su vieja melodía. Llegó la flaca a pedirle una pieza de dolor; Diego, en vez de complacerle, le cantó un son de amor. La Catrina se soltó bailando entre los rosales, y de tanto que bailó se le fueron los timbales. Diego cobró su tocada en años, no en tostones, y la muerte, enamorada, le dejó cuatro canciones.

Diego en su moto

Diego reparte comida en su moto, sin parar; recorre toda la avenida sin descanso ni cenar. La flaca pidió a domicilio tres pozoles y un tamal, y esperó, con mucho sigilo, en la reja del portal. Diego llegó en un minuto, tocó el timbre y esperó; salió la muerte de luto pero nunca le pagó. Desde entonces, cada noche, Diego cobra por delante, y la flaca, sin reproche, le da propina abundante.

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