Calaveritas literarias para David
A David lo conocen por la letra chueca y por el buen corazón, y la flaca ya le trae ganas desde hace rato. Estas calaveritas lo alcanzan en la clase, en el aguacero, dormido y hasta buscando las llaves. Sirven para el altar o para leerlas en la sobremesa.
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David y el dictado
David escribe el dictado
con la letra despeinada;
la maestra se ha enojado
y le pide otra pasada.
La calaca, muy paciente,
le prestó su borrador:
-Vas de nuevo, lentamente,
que la prisa es lo peor.
David borró tres renglones
y escribió con mucho esmero;
se acabaron los borrones
y quedó todo primero.
La maestra puso un diez,
la calaca puso flores;
se fue solita, otra vez,
sin llevarse a los menores.
David y el volcán de la clase
David hizo un volcancito
con vinagre y con carbón;
y le quedó muy bonito,
pero olía a quemazón.
El humo llegó al portal
y la flaca se asomó;
entró al salón sin señal
y en la banca se sentó.
-Yo también quiero un volcán
-dijo la calaca fría-;
en mis tiempos no lo dan,
solo rezos todo el día.
David le prestó su bata
y le armó otra explosión;
la calaca, muy sensata,
se llevó la invitación.
David, hermano querido
David, mi hermano querido,
el del chiste y la sonrisa,
tú no sabes lo que ha sido
esta casa sin tu prisa.
La Catrina te ha pedido
para un baile en su jacal;
y yo le dije: -Ni un ruido,
que mi hermano sigue igual.
Te dejé tu pan y sal,
tu refresco de limón,
y la foto del portal
donde ríes de a montón.
Y si acaso la Catrina
te convida a platicar,
dile que aquí, en la cocina,
siempre hay algo que cenar.
David y sus ronquidos
David ronca de tal modo
que se cimbra el patio todo;
los perritos se levantan
y los gallos ya no cantan.
Llegó la flaca una noche
con su lista bajo el brazo;
se asomó, sin un reproche,
y sintió el primer trancazo.
El ronquido la aventó
hasta el fondo del pasillo;
el rebozo se voló
y perdió hasta el tobillo.
La Catrina se marchó
con algodón en la oreja;
y en la lista le anotó:
-Ni me acerco, ni con reja.
David bajo el aguacero
David salió sin sombrero
un buen día de aguacero;
se mojó todo el pellejo
y llegó como un conejo.
La flaca lo vio pasar
tiritando en la banqueta;
le prestó, para secar,
su rebozo de coqueta.
David se secó contento
y le devolvió el favor;
le dio pan, como alimento,
y un café de buen sabor.
La Catrina, agradecida,
se olvidó de su encomienda;
se quedó toda la vida
como cliente de la tienda.
David y las llaves perdidas
David siempre pierde todo:
las llaves y la cartera;
lo busca de cualquier modo
y aparece donde quiera.
La flaca vino por él
un jueves de la semana;
lo buscó por el taller
y detrás de la persiana.
No lo halló por ningún lado,
se cansó de tanto andar;
David, muy despreocupado,
se había ido a trabajar.
Y hasta el día de la fecha
la flaca sigue buscando;
David perdió hasta la flecha
que lo andaba señalando.
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