Calaveritas literarias para David

A David lo conocen por la letra chueca y por el buen corazón, y la flaca ya le trae ganas desde hace rato. Estas calaveritas lo alcanzan en la clase, en el aguacero, dormido y hasta buscando las llaves. Sirven para el altar o para leerlas en la sobremesa.

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David y el dictado

David escribe el dictado con la letra despeinada; la maestra se ha enojado y le pide otra pasada. La calaca, muy paciente, le prestó su borrador: -Vas de nuevo, lentamente, que la prisa es lo peor. David borró tres renglones y escribió con mucho esmero; se acabaron los borrones y quedó todo primero. La maestra puso un diez, la calaca puso flores; se fue solita, otra vez, sin llevarse a los menores.

David y el volcán de la clase

David hizo un volcancito con vinagre y con carbón; y le quedó muy bonito, pero olía a quemazón. El humo llegó al portal y la flaca se asomó; entró al salón sin señal y en la banca se sentó. -Yo también quiero un volcán -dijo la calaca fría-; en mis tiempos no lo dan, solo rezos todo el día. David le prestó su bata y le armó otra explosión; la calaca, muy sensata, se llevó la invitación.

David, hermano querido

David, mi hermano querido, el del chiste y la sonrisa, tú no sabes lo que ha sido esta casa sin tu prisa. La Catrina te ha pedido para un baile en su jacal; y yo le dije: -Ni un ruido, que mi hermano sigue igual. Te dejé tu pan y sal, tu refresco de limón, y la foto del portal donde ríes de a montón. Y si acaso la Catrina te convida a platicar, dile que aquí, en la cocina, siempre hay algo que cenar.

David y sus ronquidos

David ronca de tal modo que se cimbra el patio todo; los perritos se levantan y los gallos ya no cantan. Llegó la flaca una noche con su lista bajo el brazo; se asomó, sin un reproche, y sintió el primer trancazo. El ronquido la aventó hasta el fondo del pasillo; el rebozo se voló y perdió hasta el tobillo. La Catrina se marchó con algodón en la oreja; y en la lista le anotó: -Ni me acerco, ni con reja.

David bajo el aguacero

David salió sin sombrero un buen día de aguacero; se mojó todo el pellejo y llegó como un conejo. La flaca lo vio pasar tiritando en la banqueta; le prestó, para secar, su rebozo de coqueta. David se secó contento y le devolvió el favor; le dio pan, como alimento, y un café de buen sabor. La Catrina, agradecida, se olvidó de su encomienda; se quedó toda la vida como cliente de la tienda.

David y las llaves perdidas

David siempre pierde todo: las llaves y la cartera; lo busca de cualquier modo y aparece donde quiera. La flaca vino por él un jueves de la semana; lo buscó por el taller y detrás de la persiana. No lo halló por ningún lado, se cansó de tanto andar; David, muy despreocupado, se había ido a trabajar. Y hasta el día de la fecha la flaca sigue buscando; David perdió hasta la flecha que lo andaba señalando.

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