Calaveritas literarias para César
César es el que se ofrece a llevarte aunque le quede lejos. La huesuda lo ha buscado en plena guardia, entre chispas de fierro, con las manos llenas de betún y hasta arriba del camión, y siempre se queda esperando. Aquí van unas calaveritas para todos los Césares que no se dejan de nadie.
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el nombre y los detalles que tú quieras.
Cesarito y su cuaderno
Cesarito va cantando
camino de la primaria;
va las tablas repasando
y también la letra diaria.
Se le apareció la flaca
con la lista en el cuaderno;
Cesarito, que no ataca,
le ofreció su dulce tierno.
La flaca se lo comió
y se le olvidó el asunto;
y en el patio se quedó
jugando con el conjunto.
César, mi hijo
Mi hijo César ya está grande,
ya ni cabe entre mis brazos;
pero siempre que le mande,
me regala sus abrazos.
Vino la flaca a la casa
buscando al más consentido;
yo le dije: -Aquí no pasa-,
y se quedó sin un ruido.
César le llevó una silla
y un pedazo de pastel;
la flaca, ya sin rencilla,
se olvidó de su papel.
César, velador de noche
Don César es velador,
se desvela sin temor;
con su linterna y su silla
vigila toda la orilla.
Llegó la flaca a las tres
queriendo entrar al revés;
César le pidió permiso
y hasta credencial de aviso.
La flaca no trajo nada,
se quedó afuera parada;
hoy le lleva un cafecito
para pasar despacito.
César y su fragua
Don César trabaja el fierro
con el martillo y su perro;
hace rejas y ventanas
y portones con sus ganas.
La flaca quiso encargar
un portón para cerrar;
César lo hizo tan pesado
que ni ella lo ha levantado.
La flaca quedó encerrada
del otro lado, enojada;
gritó tres días seguidos
y nadie oyó sus quejidos.
César y sus pasteles
Don César hace pasteles
de tres pisos y con mieles;
les pone crema y colores
y se pelean señores.
Llegó la flaca a su fiesta
con velitas y su orquesta;
César hizo un pastelón
y lo comió de un jalón.
Le dio un empacho tremendo,
y se quedó ahí gimiendo;
hoy pide una rebanada
y se va sin cargar nada.
César y su ruta
César maneja el camión
con la música a montón;
se sabe cada parada
y no se le escapa nada.
Subió la flaca a viajar
y no quiso ni pagar;
César frenó de repente
y la bajó bien de frente.
La flaca quedó en la esquina
sin saber a dónde atina;
hoy paga con su tostón
y se sienta en el rincón.
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