Calaveritas literarias para Cecilia
Cecilia responde también a Ceci, y en las dos hay prisa, oficio y buen humor. La calaca la ha buscado en el salón, en la cocina, en el hospital y hasta en la panadería, y nunca le sale la cuenta. Estas calaveritas son para ellas.
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Ceci en el salón
Ceci llega muy temprano
con su lápiz en la mano;
la calaca entró al salón
a pasar lista al montón.
Preguntó por las Cecilias
y también por las familias;
pero Ceci, muy despierta,
se escondió tras de la puerta.
Sonó el timbre del recreo
y la flaca, en el jaleo,
se olvidó ya del encargo
y jugó buen rato largo.
Cecilia, mi mamá
Se levanta antes que el sol
mi mamita, y sin farol;
reparte el pan y la miel
con su mano y su mantel.
Llegó la flaca temprano
con su lista y con su mano;
pero Ceci, sin voltear,
la sentó a desayunar.
La huesuda repitió
tres veces y se sirvió;
se olvidó de la encomienda
y hoy va a diario a la merienda.
Ceci la enfermera
En turno de madrugada
anda Ceci muy apurada;
llegó la flaca al pasillo
buscando cama y bolsillo.
Ceci le tomó presión
y no le halló corazón;
la mandó a sala de espera
con su ficha y su pulsera.
Se durmió en la sala fría
esperando todavía;
y hoy la flaca, muy formal,
saca ficha y va al final.
Cecilia y sus cuentas
Cecilia saca la cuenta
de lo que el mes le presenta;
vino la flaca a cobrar
un alma, sin facturar.
Ceci le pidió el recibo,
el timbre, el sello, el motivo;
la calaca no traía
ni la firma de aquel día.
Se lo rechazaron todo
y salió de muy mal modo;
hoy la flaca hace la fila
con su carpeta y su pila.
Ceci y su máquina
Ceci cose de mañana
vestidos de tela llana;
llegó la flaca a encargar
un vestido pa' bailar.
Ceci le tomó medidas
con las cintas conocidas;
pero el hueso no dio talla
y el vestido fue batalla.
Ceci le puso relleno
y hasta un moño muy sereno;
hoy la flaca es la modelo
y hasta cobra sin recelo.
Cecilia y su pan
Cecilia hornea conchitas
con azúcar y harinitas;
llegó la flaca a la venta
con su charola y su cuenta.
Se llevó puros bisquetes,
dos canastas de roletes;
pero a la hora de pagar
puso cara de rezar.
Ceci la mandó a hornear
y a barrer todo el lugar;
y hoy amasa cada noche
sin bisquete y sin derroche.
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