Calaveritas literarias para Arturo

Arturo es de los que no dejan nada sin arreglar, ni un cable ni un pleito. La huesuda lo ha visitado con la guadaña rota, con el huarache descosido y hasta con ganas de retarlo al billar, y siempre sale debiendo el favor. Aquí van calaveritas para los Arturos que todo lo componen.

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Arturito y su dibujo

Arturito, en el salón, levantó bien su cartón; dibujó una calaquita con su falda y su carita. La calaca del dibujo se bajó, sin más embrujo; le pidió que la pintara de otro modo, que cambiara. Arturito la pintó alta, con un moño que no falta; le puso hasta zapatitos y unos aretes chiquitos. La calaca, muy contenta, en el muro se presenta; hoy adorna el corredor y saluda al director.

Mi tío Arturo

Mi tío Arturo era el bueno, el de abrazo siempre lleno; nos llevaba hasta la feria sin decir de la miseria. Vino la flaca al portal, con la lista y su costal; lo halló dándole a la nieta la mitad de su galleta. Se esperó a que terminara, a que el cuento se acabara; y Arturo, sin alboroto, le dio el brazo, muy devoto. Se fue en una tarde clara, sin que nadie lo llorara; y nos dejó, sin espera, su costumbre bien entera.

Arturo, el electricista

Arturo compone focos y conecta la ciudad; no le teme ni a los locos ni a la mera intensidad. Fue la muerte a reclamarlo por un cable mal pelado; quiso ella desconectarlo y agarró el polo cargado. Le entró un corrientazo feo, se le paró la peluca; echó humo, y por lo que veo, le quedó tiesa la nuca. Arturo cortó la luz, le aisló bien el esqueleto; hoy la muerte, hecha una cruz, le trabaja con respeto.

Arturo, el zapatero

Arturo pone las suelas con clavito y pegamento; no le fallan ni las telas ni el tacón del casamiento. Llevó la muerte un huarache con el hueso hasta de fuera; sin correa y con un tache, no aguantaba ni una espera. Arturo le echó plantilla, le clavó correa nueva; y lustró toda la orilla pa que no se le remueva. Salió la flaca calzada, caminando de puntitas; hoy anda tan bien parada que se pasa las visitas.

Arturo y la mesa de billar

Arturo juega billar en la mesa de la esquina; nadie le puede ganar ni con toda la propina. Llegó la muerte a retarlo, con su taco de marfil; apostaron sin hablarlo la partida más sutil. Arturo metió las bolas, una a una, sin fallar; la flaca se quedó a solas sin poder ni tantear. Con la negra en la buchaca se cerró aquella partida; hoy la muerte, pobre flaca, le da gis toda la vida.

Arturo, el que compone todo

Arturo compone todo: licuadora, tele, plancha; lo desbarata a su modo y le queda alguna mancha. Le llevó la calavera su guadaña sin motor; y un reloj de otra manera, descompuesto del rotor. Arturo abrió el aparato, le sacó veinte tornillos; lo volvió a armar en un rato y sobraron dos anillos. La guadaña quedó fina, con sus tres velocidades; hoy la muerte, en la cocina, licúa sus novedades.

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