Calaveritas literarias para Benito

Benito es de los que madrugan y de los que no se rajan. La huesuda lo anda buscando desde el salón de clases hasta la panadería, el jardín, la ruta del correo y la fragua, y de todas sale con las manos vacías. Aquí van sus versos para el Día de Muertos.

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Benito y sus calacas

Benito pinta calacas en su block de dibujar; les pone ojos y matracas y las saca a pasear. Una de ellas despertó y bajó de la hoja blanca; al salón se le metió y se sentó en una banca. Le pidió a Benito un ojo porque el suyo se borró; él lo pintó sin enojo y de gracias lo dejó.

Mi abuelo Benito

Benito, mi abuelo bueno, tiene manos de labranza; me cuenta, cuando hay sereno, cuentos de su vieja andanza. Llegó la flaca al portal un domingo muy temprano; mi abuelo, sin ningún mal, la sentó como a un hermano. Se contaron los dos viejos lo vivido y lo perdido; hoy la muerte, desde lejos, no le hace ningún ruido.

Benito y su hornito

Benito prende el hornito a las tres de la mañana; amasa el pan calientito y lo vende en la ventana. Llegó la flaca temprano por un pan de calavera; lo agarró con hueso y mano y salió por la trasera. Se lo puso en la cabeza por creerlo su retrato; hoy Benito, con destreza, se la hornea cada rato.

Benito entre las rosas

Benito recorta el pasto del jardín de la señora; no le sale ni de gasto pero canta a cualquier hora. Se metió la calaquita entre rosas y azucenas; se enredó, la pobrecita, con espinas y con penas. Benito la desenreda con tijera de podar; la dejó como una seda y hoy le ayuda hasta a regar.

Benito el cartero

Benito lleva el correo casa a casa, sin parar; cada carta, según creo, llega a tiempo a su lugar. Le mandó la calavera una carta con su nombre; pero erró la calle entera y cayó en manos de un hombre. Benito la devolvió por domicilio ignorado; y la flaca se quedó sin llevarse al destinado.

Benito y su fragua

Benito golpea el fierro con el yunque y el martillo; hace reja, hace un encierro y hasta el clavo más sencillo. Le encargó la calavera una hoz para su faena; la forjó de tal manera que pesaba una docena. La calaca hizo el intento y quedó descoyuntada; hoy descansa el instrumento y la muerte, desarmada.

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