Calaveritas literarias para Bianca

Bianca no se arruga con nadie, ni con la que llega sin avisar. La Catrina la ha buscado en el salón de belleza, en el puesto de tamales, en la oficina y hasta subida en su taxi, y siempre acaba debiéndole algo. Aquí van calaveritas para dedicarle en Día de Muertos.

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Bianca en la banca

Bianca se sentó en la banca con su suéter y bata blanca; la calaca se acercó y a su lado se sentó. Le pidió su sacapuntas y también hizo preguntas; Bianca le explicó la suma con paciencia y con su pluma. La calaca ya sumó y contenta se marchó; olvidó lo que anotaba y en la banca se quedaba.

Bianca, mamá de tres

Bianca es la mamá de tres y no para en todo el mes; vino la flaca a llevarla pero no supo esperarla. Traía prisa la flaca y Bianca sacó la hamaca; la sentó, le dio un café y contó todo el porqué. Le habló de sus tres hijitos, de sus sueños, sus ratitos; la flaca se fue llorando y hoy le ayuda cocinando.

Bianca y las tijeras

Bianca peina y hace tinte y le atina a cada cliente; la Catrina fue a pintarse pa' poder enamorarse. Bianca le miró la testa y le dijo: -Esto no es fiesta; aquí falta hasta raíz, y ni un pelo de matiz. Le vendió una peluquita y una crema muy carita; hoy la flaca anda de rizos y debiendo tres postizos.

Bianca y sus tamales

Bianca vende sus tamales verdes, rojos y especiales; la Catrina se paró y toditos se llevó. Se comió los de rajita y los de salsa exquisita; al pagar sacó un pañuelo con tres pesos del abuelo. Bianca le cobró completo sin descuento y sin secreto; hoy la flaca vende atole y le muele para el mole.

Bianca en la oficina

Bianca manda en la oficina y ni el jefe la domina; la Catrina fue a pedir una cita pa' morir. Bianca abrió la agenda entera y le dijo: -Espere fuera; que hay quinientos por delante y usted llega muy campante. Le dio ficha y su turnito con la fecha por escrito; hoy la flaca sigue en fila y la agenda ella vigila.

Bianca al volante

Bianca lleva pasajeros desde el alba a los luceros; la Catrina la paró y al panteón se enfiló. Iba y venía sin fin desde el centro hasta el confín; el taxímetro subía y la flaca ni veía. Al bajarse en el portón sacó apenas un tostón; Bianca le dejó la cuenta y hoy la flaca es su sirvienta.

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