Calaveritas literarias para Armando
Armando le entra a todo: a la tarea, al comal, al taller y a la ruta del correo. Por eso la huesuda se le aparece siempre en horario de trabajo y siempre termina haciendo turno. Aquí van calaveritas para dedicarle a cualquier Armando.
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Armando en la escuela
Armando llega a la escuela
con su libro y su cuaderno;
la calaca se le cuela
en la clase del invierno.
Le pidió tarea entera
y Armando la prestó;
la calaca, muy ligera,
todo el mes se la copió.
Sacó cero en el examen
y de castigo lloró;
ya no vuelve, aunque la llamen,
al salón donde perdió.
Armando, mi abuelo
Don Armando, mi abuelito,
camina muy despacito;
cuenta historias del pasado
con el sombrero ladeado.
Vino a verlo la huesuda
y él dijo: -No tengo duda,
pero espérame tantito,
me falta un café solito.
La flaca se puso a hablar
y se quedó a platicar;
ya van veinte de noviembre
y ella espera a diciembre.
Armando el taquero
Armando pone su puesto
con el carbón ya dispuesto;
llegó la huesuda con hambre
pidiendo un taco de alambre.
Se comió como cuarenta,
pero a la hora de la cuenta
sacó un hueso del morral
y lo dejó como aval.
Armando, muy resignado,
le apuntó todo lo fiado;
hoy la flaca es su ayudante
y despacha muy campante.
Armando el mecánico
Armando arregla motores
con sus llaves y primores;
llegó la flaca en su carro,
traía cochambre y barro.
Le cambió todo el motor
y le dio buen resplandor;
la calaca, al ver la cuenta,
dijo: -Ay, esto no se aguanta.
Se fue sin pagar, ligera,
mas Armando no es cualquiera:
le vació el tanque de gas
y hoy la flaca no va más.
Armando el barbero
En su silla de barbero
corta Armando el mes entero;
vino la muerte a pelarse
y también a rasurarse.
Armando la vio pelona
y le puso una corona
de cabello prestadito
que le hizo del copetito.
La flaca se vio al espejo
y gritó: -Qué buen manejo.
Ya no vino por Armando:
hoy le barre y va cortando.
Armando el cartero
Armando reparte cartas
y camina cuadras hartas;
llevaba un sobre firmado
por la flaca, y muy pesado.
Decía: -Vengo por ti,
y en la esquina firma aquí.
Pero Armando, muy formal,
le pidió su credencial.
La calaca no traía
ni una foto ni una guía;
y hoy sigue en la ventanilla
formadita y muy sencilla.
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