Calaveritas literarias para Armando

Armando le entra a todo: a la tarea, al comal, al taller y a la ruta del correo. Por eso la huesuda se le aparece siempre en horario de trabajo y siempre termina haciendo turno. Aquí van calaveritas para dedicarle a cualquier Armando.

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Armando en la escuela

Armando llega a la escuela con su libro y su cuaderno; la calaca se le cuela en la clase del invierno. Le pidió tarea entera y Armando la prestó; la calaca, muy ligera, todo el mes se la copió. Sacó cero en el examen y de castigo lloró; ya no vuelve, aunque la llamen, al salón donde perdió.

Armando, mi abuelo

Don Armando, mi abuelito, camina muy despacito; cuenta historias del pasado con el sombrero ladeado. Vino a verlo la huesuda y él dijo: -No tengo duda, pero espérame tantito, me falta un café solito. La flaca se puso a hablar y se quedó a platicar; ya van veinte de noviembre y ella espera a diciembre.

Armando el taquero

Armando pone su puesto con el carbón ya dispuesto; llegó la huesuda con hambre pidiendo un taco de alambre. Se comió como cuarenta, pero a la hora de la cuenta sacó un hueso del morral y lo dejó como aval. Armando, muy resignado, le apuntó todo lo fiado; hoy la flaca es su ayudante y despacha muy campante.

Armando el mecánico

Armando arregla motores con sus llaves y primores; llegó la flaca en su carro, traía cochambre y barro. Le cambió todo el motor y le dio buen resplandor; la calaca, al ver la cuenta, dijo: -Ay, esto no se aguanta. Se fue sin pagar, ligera, mas Armando no es cualquiera: le vació el tanque de gas y hoy la flaca no va más.

Armando el barbero

En su silla de barbero corta Armando el mes entero; vino la muerte a pelarse y también a rasurarse. Armando la vio pelona y le puso una corona de cabello prestadito que le hizo del copetito. La flaca se vio al espejo y gritó: -Qué buen manejo. Ya no vino por Armando: hoy le barre y va cortando.

Armando el cartero

Armando reparte cartas y camina cuadras hartas; llevaba un sobre firmado por la flaca, y muy pesado. Decía: -Vengo por ti, y en la esquina firma aquí. Pero Armando, muy formal, le pidió su credencial. La calaca no traía ni una foto ni una guía; y hoy sigue en la ventanilla formadita y muy sencilla.

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