Calaveritas literarias para Angélica

Angélica tiene ese modo de mandar sin levantar la voz, y ni la Catrina se le pone al brinco. Estos versos sirven para la ofrenda, para el trabajo o para hacerla reír en la fiesta.

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Angélica en el salón

Angélica alza la mano cuando pasan lista al frente, y contesta muy temprano con la voz del que no miente. Se coló una calavera al pupitre de la esquina, con su trenza y su tijera y su goma de resina. Angie le prestó colores, la regla y el sacapuntas; y pintaron muchas flores y aprendieron las preguntas. Cuando el timbre se escuchó la calaca no quería; se llevó, porque le dio, un dibujo y su alegría.

Angie, la de la casa

Angie manda con cariño, sin gritar y sin regaño; te consiente como a un niño y te cura cualquier daño. Vino a verla la huesuda con su lista y su bastón; la sentaron sin ayuda en la silla del rincón. Le dio caldo, le dio pan, y su té con hierbabuena; le contó de cada afán y le puso hasta la cena. La huesuda, ya llenita, se olvidó del compromiso; dijo: -Vuelvo en otra cita, que esta casa es paraíso.

Angélica la estilista

Angélica corta el pelo en su local de la esquina; tinte, rayos y desvelo, y hasta peina a la vecina. La Catrina se sentó y pidió su tratamiento: -Ya el cabello se me huyó y no aguanto ni este viento. Angie le talló el pelón, le echó crema y un buen peinado; le pintó un lindo mechón y un flequito recortado. La Catrina se miró y quedó tan encantada que su lista se olvidó y salió a lucir peinada.

Angie la doctora

Angie cura en su consulta, receta y no se disgusta; revisa hasta el más chiquito y le da su dulcecito. Llegó la flaca temblando con la quijada colgando: -Traigo tos y calentura, mucha prisa y poca cura. Angie la midió despacio, le contó hasta el espinazo: -Le hace falta una costilla y dormir en su camilla. La flaca se acomodó y en la camilla roncó; despertó al año siguiente y sin recordar la gente.

Angie y las aguas frescas

Angie vende aguas del día en el puesto de la esquina: la jamaica y la sandía y la horchata más divina. Vino la flaca sedienta, con el polvo del camino: -Sírvame, que pago cuenta, que ya traigo mal el tino. Angie le llenó el jarrito de jamaica y de limón; la huesuda, de un traguito, se vació hasta el garrafón. Se durmió sobre el mantel con la panza de tambor, y a quien iba en el papel hoy lo tiene de aguador.

Angélica la contadora

Angélica saca cuentas, declaraciones y ventas; no se le va un decimal ni el recibo de un tamal. La Catrina le llevó un costal que no cerró: -Aquí traigo el papeleo de mil años de recreo. Angie sumó los ingresos, los gastos y los excesos; le encontró un error tremendo de hace siglos, y creciendo. -Debe multas y recargos, intereses y otros cargos; y la flaca, ya muy seria, hoy le archiva la miseria.

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