Calaveritas literarias para Angélica
Angélica tiene ese modo de mandar sin levantar la voz, y ni la Catrina se le pone al brinco. Estos versos sirven para la ofrenda, para el trabajo o para hacerla reír en la fiesta.
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Angélica en el salón
Angélica alza la mano
cuando pasan lista al frente,
y contesta muy temprano
con la voz del que no miente.
Se coló una calavera
al pupitre de la esquina,
con su trenza y su tijera
y su goma de resina.
Angie le prestó colores,
la regla y el sacapuntas;
y pintaron muchas flores
y aprendieron las preguntas.
Cuando el timbre se escuchó
la calaca no quería;
se llevó, porque le dio,
un dibujo y su alegría.
Angie, la de la casa
Angie manda con cariño,
sin gritar y sin regaño;
te consiente como a un niño
y te cura cualquier daño.
Vino a verla la huesuda
con su lista y su bastón;
la sentaron sin ayuda
en la silla del rincón.
Le dio caldo, le dio pan,
y su té con hierbabuena;
le contó de cada afán
y le puso hasta la cena.
La huesuda, ya llenita,
se olvidó del compromiso;
dijo: -Vuelvo en otra cita,
que esta casa es paraíso.
Angélica la estilista
Angélica corta el pelo
en su local de la esquina;
tinte, rayos y desvelo,
y hasta peina a la vecina.
La Catrina se sentó
y pidió su tratamiento:
-Ya el cabello se me huyó
y no aguanto ni este viento.
Angie le talló el pelón,
le echó crema y un buen peinado;
le pintó un lindo mechón
y un flequito recortado.
La Catrina se miró
y quedó tan encantada
que su lista se olvidó
y salió a lucir peinada.
Angie la doctora
Angie cura en su consulta,
receta y no se disgusta;
revisa hasta el más chiquito
y le da su dulcecito.
Llegó la flaca temblando
con la quijada colgando:
-Traigo tos y calentura,
mucha prisa y poca cura.
Angie la midió despacio,
le contó hasta el espinazo:
-Le hace falta una costilla
y dormir en su camilla.
La flaca se acomodó
y en la camilla roncó;
despertó al año siguiente
y sin recordar la gente.
Angie y las aguas frescas
Angie vende aguas del día
en el puesto de la esquina:
la jamaica y la sandía
y la horchata más divina.
Vino la flaca sedienta,
con el polvo del camino:
-Sírvame, que pago cuenta,
que ya traigo mal el tino.
Angie le llenó el jarrito
de jamaica y de limón;
la huesuda, de un traguito,
se vació hasta el garrafón.
Se durmió sobre el mantel
con la panza de tambor,
y a quien iba en el papel
hoy lo tiene de aguador.
Angélica la contadora
Angélica saca cuentas,
declaraciones y ventas;
no se le va un decimal
ni el recibo de un tamal.
La Catrina le llevó
un costal que no cerró:
-Aquí traigo el papeleo
de mil años de recreo.
Angie sumó los ingresos,
los gastos y los excesos;
le encontró un error tremendo
de hace siglos, y creciendo.
-Debe multas y recargos,
intereses y otros cargos;
y la flaca, ya muy seria,
hoy le archiva la miseria.
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