Calaveritas literarias para Alejandro

A los Alejandros y a los Alex la huesuda les tiene un respeto especial, porque siempre encuentran la manera de escabullirse. Estas calaveritas los retratan en el salón de clases, en el taller, en la taquería, frente a la consola y hasta al frente de un grupo. Perfectas para dedicarlas en el altar, en la fiesta o en el chat familiar.

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Alejandro va a la escuela

Alejandro va a la escuela con su lonche y su cuaderno; la maestra que lo cela le encargó un dibujo tierno. Llegó la calaca al aula y se sentó en un rincón: -Vengo por Alex, sin jaula, me lo llevo de jalón. Pero Alex, muy aplicado, le prestó sus colorines, y la flaca, del otro lado, se pintó los calcetines. La calaca, entretenida, coloreó todo el salón, y olvidó, ya de salida, por qué había hecho el viajón.

Para mi papá Alejandro

Alejandro, padre mío, manos de aceite y de amor, me enseñaste con tu brío a no temerle al dolor. Vino la flaca a buscarte un noviembre, de mañana, y no supo que llevarte era abrir nuestra ventana. Porque vuelves cada año por el humo del copal, y te sientas, sin regaño, en tu silla del portal. La Catrina te acompaña de regreso hasta la puerta, y esta casa, que te extraña, para ti se queda abierta.

Alejandro en su taller

Alejandro en su taller arregla lo que le traen: motores de mal querer y bielas que se le caen. Llegó la flaca empujando su carcacha del panteón: -Se me viene calentando y le truena el pistón. Alejandro abrió el cofre y encontró, con gran sorpresa, que el motor era de cobre y el volante, de cabeza. Le cobró por la afinada tres años de garantía, y la muerte, resignada, se los dio con alegría.

Alex el taquero

Alex prende su carbón en la esquina, cada tarde, y perfuma el callejón con un humo que hace alarde. Llegó la flaca a la fila y pidió cinco al pastor, con cebolla que te afila y una salsa del terror. Se zampó treinta al pastor con su piña y su limón, y aguantó, sin un temblor, la salsa que arde un montón. A la hora de pagar la huesuda se hizo chiquita, y ahora se queda a picar la cebolla más bonita.

Alejandro el gamer

Alejandro, desvelado, juega en línea hasta las tres; tiene el cuarto iluminado por la luz de su tevé. Se le apareció la muerte en mitad de una partida: -Vengo a darte mala suerte y a acabar con tu vida. Alex, sin quitar la vista, contestó con mucha calma: -Aguántame, no seas lista, que ya casi gano el alma. Ya van cinco temporadas y la muerte sigue igual, con dos vidas ya prestadas esperando el gran final.

El maestro Alejandro

Don Alejandro enseñaba las tablas de multiplicar, y a la flaca que espiaba la mandaba a estudiar. Llegó un día por la lista a llevarse al profesor, pero el hombre, gran artista, le tomó examen mayor. -A ver, señora huesuda: ¿cuánto es siete por catorce? La calaca, muy sesuda, respondió que veintidoce. Reprobada, la Catrina se quedó a recursar, y hoy le ayuda en la rutina de borrar y acomodar.

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