Calaveritas literarias para Alma

Con un nombre así, Alma tenía que salir en las calaveritas, y la Catrina fue la primera en anotarla en su lista. Estos versos llevan el suyo y se leen bien en el altar, en el salón de clases o en la sobremesa del dos de noviembre.

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El concurso de Alma

Con su lonche y su crayón, Alma llega a su salón; va formada, muy contenta, y en la banca ya se sienta. Por la puerta entró la flaca con su gis y su matraca, y le dijo con dulzura: -Yo vengo por ti, criatura. Alma dijo: -Te propongo un concurso, no me opongo: si me ganas la sumita, me voy hoy, mi calaquita. La calaca perdió el punto y se fue sin su difunto; hoy la flaca hace tarea y hasta Alma le da la idea.

Alma pone la mesa

Alma tiene la costumbre de curar con un bocado; en su casa hay siempre lumbre y un lugar bien apartado. Llegó a visitarla un día la Catrina, muy formal; tocó apenas, no sabía que la esperaba el comal. Le sirvieron dos tamales, un atole y su tortilla; se le fueron los modales y pidió la tercer silla. Ya se iba con el encargo, pero el sueño la venció; despertó y se le hizo largo, y hasta el alma se olvidó.

Alma y la fila de la muerte

Alma es la enfermera fiera del turno que nadie quiera; con su jeringa en la mano no se salva ni un cristiano. Una noche entró la huesuda preguntando quién la ayuda; Alma la sentó en la fila: -Espérese, esté tranquila. La flaca esperó sentada una noche y madrugada; le pidieron su receta, su cartilla y su tarjeta. Amaneció sin pacientes y con hambre hasta los dientes; hoy la flaca, resignada, checa tarjeta a la entrada.

Alma le cuadra a la muerte

Alma es una contadora que trabaja a cualquier hora; cuadra cuentas, cierra el mes y no le falla ni un tres. Llegó la flaca al despacho con un saco y un penacho: -Vengo a que me cuadres bien cuántos muertos tengo y quién. Alma sacó su carpeta, su café y una libreta; le encontró un error de bulto y hasta un muerto que iba oculto. Quedó la flaca a deber y no supo qué poner; hoy no puede ni llevarla, porque nadie va a cuadrarla.

Alma pasa la cuenta

Alma atiende en una fonda con la charola redonda; lleva ocho platos al vuelo y no tira ni un buñuelo. Una tarde entró la flaca con su lista y su petaca: -Tráigame lo del guisado y a Alma para el otro lado. Alma le llevó de todo: sopa, chiles y hasta el codo; la calaca se empachó y la cuenta le creció. Se quería ir sin pagar, pero Alma sabe sumar; hoy la flaca, en la cocina, paga el caldo y la propina.

Las flores de Alma

Alma vende flor de muerto en un puesto del mercado; deja el barrio bien cubierto de amarillo y de morado. Llegó la Catrina fina a encargar su ramo entero: -Lo quiero para mi esquina, que hoy estreno cementerio. Alma le arregló el ramito con listón y con primor; y le puso un angelito y un pilón de buen olor. La Catrina, con su ramo, se sintió la más contenta; se olvidó de aquel reclamo y hoy le ayuda con la venta.

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