Calaveritas literarias para Alberto

Alberto es de los que se aprenden el nombre de todos en la cuadra y llegan puntuales a donde los llamen. La huesuda lo ha buscado en el taller, en la bodega de noche y hasta arriba del ring, y siempre acaba pidiéndole otra oportunidad. Aquí van calaveritas para los Albertos de buena madera.

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Albertito y el tambor

Albertito va al tambor en la banda de la escuela; le pega con mucho amor y el sonido hasta vuela. Se apareció una calaca con trompeta y con sombrero; y traía una matraca pa entrarle de trompetero. Ensayaron todo el día, con el paso bien marcado; la calaca ya sabía todo el ritmo bien pegado. En el desfile lucieron, con la escuela bien formada; y al final les aplaudieron hasta la muerte, encantada.

Alberto, mi buen compadre

Alberto, mi buen compadre, fue de todos como padre; prestaba lo que tenía y jamás lo repetía. Llegó la flaca de noche, sin tocar y sin reproche; lo encontró junto al brasero, con su perro y su sombrero. Le ofreció la última silla, y un pedazo de tortilla; platicaron de sus muertos, con los ojos bien abiertos. Se fue Alberto sin quejarse, sin dolerse ni asustarse; nos dejó la puerta abierta y la lumbre bien despierta.

Alberto, el carpintero

Alberto labra el madero con cepillo y con escuadra; hace mesas de primero y roperos pa la cuadra. La calaca le pidió una caja a su medida; con cojín y con listón pa dormirse de por vida. Alberto sacó su cinta, le midió de arriba abajo; con su lápiz y su tinta se aventó todo el trabajo. Le quedó la caja chica, por la falda y el sombrero; y la flaca, que critica, hoy la tiene de ropero.

Alberto, el velador

Alberto vela de noche con su linterna y su perro; no se le escapa ni un coche ni un tornillo ni un buen fierro. Brincó la muerte la barda a la una de la mañana; iba lenta, medio tarda, y se atoró en la ventana. Alberto prendió la luz, le soltó el perro guardián; la flaca se hizo la cruz y voló como un gavilán. Se dejó la hoz en la barda, la cobija y el rebozo; hoy, si pasa, se resguarda y saluda con su embozo.

Alberto, el taxista

Alberto es de los taxistas que se saben cada calle; no consulta ni sus listas aunque el motor se le estalle. Se subió la muerte al carro y pidió ir al panteón; iba oliendo a puro barro y peor el pantalón. Alberto se fue derecho, por atajos y empujones; se pegó contra el buen techo y juntó cuatro chichones. Al llegar pidió la cuenta, no traía ni un tostón; hoy le lava, sin afrenta, el taxi con buen jabón.

Alberto y el costal

Alberto trae el costal colgado en el patio viejo; pega duro y nada mal y se mira en el espejo. Lo retó la calavera a tres vueltas sin parar; se enfundó guante y visera, y se puso a calentar. Al primer golpe de Alberto se le fue media quijada; con el otro, ya despierto, quedó toda desarmada. Hoy la muerte no pelea, nomás cuenta hasta los diez; hoy, aunque el pleito se vea, ya no se sube otra vez.

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