Calaveritas literarias para concurso escolar

Un concurso de calaveritas se gana con tres cosas. La primera es la métrica pareja: si todos los versos suenan del mismo tamaño al leerlos en voz alta, el jurado lo siente aunque no lo sepa explicar. La segunda es el giro final: la última estrofa tiene que sorprender, no repetir lo que ya dijiste.

La tercera es la recitación. Apréndete tu calaverita de memoria, marca las pausas donde hay coma y sube la voz en el remate. Estas calaveritas están escritas para eso, con rima consonante y estrofas que se sostienen solas cuando las dices frente al grupo.

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Aviso antes de empezar

Señores, presten oído, que ya viene la Catrina; traigo un verso bien pulido y una rima que ilumina. La flaca se puso al frente con su rebozo de estrella, me miró fijo, impaciente, y aplaudió la voz aquella. -Te ganaste la corona -dijo alzando su sombrero-; pero apunto tu persona en mi lista, compañero. Y aquí sigo, recitando con la flaca de jurado; ella lleva el tiempo andando y me sale bien logrado.

La calaca en el recreo

Tocó el timbre del recreo y llegó, con su meneo, la calaca de la escuela con mochila y con cazuela. Se formó por un helado, se llevó el pan del mandado, y al sonar la campanada ya tenía lista armada. -Yo me llevo al más flojito -avisó con voz de trueno-, al que nunca hizo un escrito ni pasó de un cinco tierno. Todo el grupo abrió el cuaderno, trabajaron como hormigas, y la flaca, en el invierno, se quedó entre las amigas.

El secreto del concurso

El concurso de la escuela lo ganó doña Manuela, que salió sin un papel y triunfó con voz de miel. La calaca la escuchó y de gusto se movió; dio dos pasos de danzón y se robó el corazón. -El secreto no es gritar -dijo al público la flaca-, es contar y acomodar la palabra en su matraca. Y si al fin te llevo un día -remató la calavera-, que se oiga tu melodía hasta el fin de la frontera.

Visita de noviembre

Dicen que en el mes de muertos se abren todos los conciertos, que la muerte se acomoda y se apunta a nuestra boda. Se acomoda en el altar, prueba el mole y el tamal, se echa un trago de café y nos guiña sin porqué. Se sentó junto a la abuela, le contó cosas de escuela, y la abuela, en su rincón, le sirvió más colación. Cuando ya se iba la flaca, con su bulto y su matraca, vio el retrato en el altar y prefirió regresar.

Panchito y el papel caído

Panchito, el de tercer año, se subió sin desengaño, con la voz de locutor y el temblor de un profesor. Recitó de la Catrina, de su risa y de su esquina, y al llegar al verso aquel se cayó todo el papel. Pero él siguió de memoria, y ganó toda la gloria; la Catrina allá en el fondo dio un suspiro desde lo hondo. -Yo venía por Panchito -confesó con un gritito-, pero un niño que así escribe en mi lista ya no vive.

Discurso frente al grupo

Buenas tardes, calaveras, buenas tardes, buen señor; traigo rimas verdaderas y una muerte con sabor. La huesuda anda de gira por escuelas del país; busca al niño que suspira y le jala la nariz. Yo le dije, con firmeza: -Deja en paz esa cabeza, que aquí vengo a recitar y me puedo equivocar. Se sentó la muy coqueta, me escuchó la voz completa, y al final dijo, entre dientes: -Ya me llevo a los oyentes.

Ocho sílabas contadas

Ocho sílabas contadas, con la rima bien peinada, eso pide la Catrina cuando llega a la oficina. Revisó mi cuadernito, tachó un verso muy cojito, y me dijo: -Este renglón va cargando un tropezón. Le quité lo que sobraba, la Catrina lo probaba, lo leyó todo corrido y bailó con su vestido. -Si tu verso va derecho -dijo dándome en el pecho-, te doy premio, te doy fama, y un lugar en mi programa.

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