Calaveritas para mascotas

En las casas mexicanas el perro y el gato son familia, así que también les toca su calaverita. Aquí la huesuda llega por ellos y termina rascándoles la panza, aguantando los gritos del perico o durmiendo la siesta junto al gato. Son versos tiernos y chistosos, buenos para leer en voz alta o para acordarse de una mascota que ya se adelantó.

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Firulais y la calaca

Firulais, buen ladrador, cuidó todo con honor; le ladraba hasta a su sombra, al cartero y a la alfombra. Llegó un día la Catrina con su bolsa y su rutina; Firulais no le ladró, nomás se le acurrucó. Le rascó bien la pancita y le dio su galletita; -Vente ya, perro leal, que allá arriba hay un portal. Hoy espera en la ventana de una casa muy lejana; mueve el rabo sin parar, pues su dueño ha de llegar.

El gato que no se movió

Michifuz dormía al sol catorce horas al derecho; y otras tantas, sin control, bocarriba, sobre el techo. Vino la muerte por él y lo halló bien acostado; le habló fuerte, le habló fiel, y él ni así se ha despertado. -Ya me tienes esperando -le reclamó la huesuda-; Michifuz siguió roncando y ni un bigote se muda. La Catrina se rindió y se echó junto al minino; desde entonces no volvió, por dormir con el felino.

El perico chismoso

Un perico platicaba todo lo que se enteraba; si venía la visita lo gritaba en la banquita. Llegó la flaca de noche sin bajarse de su coche; y el perico dio el aviso: -¡Ya llegó la del permiso! La Catrina se enojó y al perico se llevó: -Tú que cuentas todo entero, serás mi buen pregonero. Hoy anuncia allá en el cielo a cada alma que alza el vuelo; y hasta la muerte se esconde cuando el perico responde.

El hámster y su rueda

Un hámster trabajador daba vueltas con ardor; en su rueda de metal corrió el maratón mundial. La Catrina lo miraba y en la rueda se trepaba; -¿A dónde vas, chaparrito? -A ningún lado, amiguito. -Tanta vuelta, tanta prisa -le dijo con una risa-; vente, ya ganaste el premio: un descanso sin apremio. La ruedita ya está quieta, como aguja de veleta; mas la muerte, en su rincón, le da vuelta al corazón.

Chispita, la consentida

Chispita, perrita fina, dormía en su cobijita; mandaba en toda la esquina con su voz tan chiquitita. Le ladró a la calavera cuando entró por el portón; la corrió por la escalera y le mordió el camisón. La huesuda, sorprendida, la cargó como bebé: -Tan chiquita y tan crecida, ya te llevo, ya lo sé. Hoy pasea en el sombrero de la flaca, muy ufana; y le ladra al mundo entero como si ella fuera el ama.

La gata cazadora

Doña Nieve, cazadora, salía puntual a su hora; y en la puerta, cada día, su trofeo aparecía. Una noche cazó un hueso que brillaba como queso; era el dedo de la muerte, y jugó con él, ¡qué suerte! La Catrina reclamó pero el dedo no soltó; tres semanas de combate por el hueso y su rescate. Terminaron siendo amigas sin rencores ni fatigas; y la gata, allá en lo oscuro, caza sombras sin apuro.

El callejero

Sin casa y sin nombre andaba y de todos se cuidaba; dormía junto al zaguán donde le daban su pan. Una niña lo adoptó y hasta nombre le inventó; diez inviernos de calor y de sopa con amor. Llegó la muerte quedito y le dijo despacito: -Ya te dieron un hogar, ya no tienes que aguantar. La niña le deja un plato en la puerta, cada rato; y la flaca, muy discreta, se lo trae a la banqueta.

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