Calaveritas literarias de futbol
El futbol y el Día de Muertos se parecen más de lo que uno cree: los dos se viven en bola, con gritos, cábalas y mucha fe. Aquí la Catrina se mete a la cancha para llevarse al aficionado de hueso colorado, al portero, al del silbato y hasta a la porra del barrio. Todos los equipos son inventados, así que cualquier parecido con tu escuadra es pura casualidad.
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El del altar y la bufanda
Ni la lluvia ni el granizo
le quitaban la afición;
un altar en su casa hizo
con bufanda y con balón.
Llegó la muerte al final
cuando estaban cero a cero,
con su blusa de mundial
y con gorra de portero.
-Ya viviste cada gol,
ya sufriste la derrota;
vente a ver, bajo mi sol,
donde nadie se alborota.
Se lo trajo en el segundo
tiempo, sin decirle adiós;
hoy le grita al otro mundo
y celebra por los dos.
El portero que voló
Guardaba el arco Ramiro
y paraba hasta el suspiro;
muchos títulos ganó
y ni un penal le anotó.
Vino la flaca a tirar
y el portero fue a volar;
tan bonito fue su vuelo
que se quedó allá en el cielo.
Le gritó la calavera:
-Ya paraste lo que fuera,
pero a mí nadie me ataja
ni con guantes ni con faja.
Ataja en el otro lado
todo tiro despiadado;
pero cuando ella le tira
se quita y nomás suspira.
El del silbato
Cobraba lo que veía
y también lo que inventaba;
la afición no le creía
y él tan campante silbaba.
Un domingo, en el descuento,
marcó una falta dudosa;
se soltó tremendo viento
y llegó la muerte airosa.
-Ya te saqué la amarilla
-le dijo la calavera-,
hoy te toca la sencilla:
la tarjeta de madera.
Se llevó al del silbatazo
y el partido se acabó;
y él, alzando el manotazo,
penal le señaló.
La final que se nos fue
Llegamos a la final
con la fe de un general;
nos pintamos la bandera
y rezamos donde fuera.
Iba el partido empatado
y el estadio alborotado;
entró la flaca a la cancha
con su falda blanca y ancha.
Metió gol en el descuento
y nos dejó sin aliento;
se llevó nuestro balón
y al del último cañón.
La Catrina se llevó
la final que no se dio;
y nos dijo en la partida:
-Hay revancha en la otra vida.
El crack del llano
Los domingos, muy temprano,
don Cuco a la cascarita,
con su short y con su hermano
y una bolsa con agüita.
Jugaba de delantero
aunque ya no le corría;
pero con el pie certero
siempre el gol le aparecía.
Llegó la flaca de nueve
a jugar de suplentito;
nadie a la calaca mueve
ni con codo ni con grito.
Le metió gol de chilena
y de paso se lo lleva;
don Cuco, con cara buena,
le pidió jugar de nueva.
El técnico de la pizarra
Don Aurelio dirigía
con pizarra y con manía;
cambiaba de formación
según fuera la ocasión.
La huesuda lo observaba
desde el banco, y apuntaba:
-Este cambia hasta el aliento,
lo hago mío en un momento.
Lo llamó desde la raya
y le dijo: -Que se vaya
el que cambia tanto el plan,
que en mi banca lo verán.
Hoy dirige a los difuntos
y los trae a todos juntos;
pero pierden cada rato
porque juegan sin zapato.
La porra del barrio
Con tambora y con trompeta
la porra no descansaba;
aunque el marcador aprieta
esa banda no callaba.
La Catrina, muy contenta,
se metió con el tambor;
brincó todos los noventa
y cantó con más ardor.
La flaca le dijo: -Amigo,
te ganaste tu lugar;
trae el bombo y ven conmigo,
que allá abajo hay que cantar.
Hoy su porra allá retumba
con tambor y con sonaja;
y hasta el muerto de ultratumba
se levanta de su caja.
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