Calaveritas literarias de políticos
La calaverita nació justo para esto: burlarse del poderoso una vez al año y salir vivo del intento. Aquí desfilan el diputado de las promesas, el alcalde de la obra que nunca acaba y la candidata de las despensas, todos inventados y sin apellido. La flaca los trata a todos con la misma vara, que a la hora de la hora nadie trae fuero.
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El de las promesas
Prometió calles y escuelas,
agua, luz y buen destino;
prometió, con mil cautelas,
componer todo el camino.
Ganó, y luego se perdió
como el humo del carbón;
nadie más lo saludó
ni en la esquina del portón.
Llegó la muerte a cobrarle
con su lista y con su plano;
-Vengo a ver si va a cumplirle
-le dijo, y le dio la mano.
Se lo trajo sin protesta
y hoy, en la otra bancada,
sigue haciendo su propuesta
y la muerte, ni enterada.
Las obras del alcalde
El alcalde inauguró
una obra que no acabó;
puso listón y banderas
y dejó las coladeras.
Duró el hoyo cinco inviernos
con sus fierros bien eternos;
la banqueta quedó abierta
y la muerte halló su puerta.
Se cayó dentro del hoyo
sin ayuda y sin apoyo;
la Catrina lo esperaba
y el reporte le firmaba.
-Tu obra al fin quedó completa
-le dijo, ya en la banqueta-;
me lo llevo sin listón,
sin foto y sin discursón.
La de las despensas
Repartía su despensa
con su gorra y su mandil;
frijol, arroz y una prensa
y un fotógrafo servil.
Cuando ya ganó la silla
se acabó el aceite y todo;
ni una lata, ni semilla,
solo polvo, solo lodo.
La Catrina se formó
con su bolsa del mandado;
y al llegar, no le tocó
ni un bolillo apachurrado.
Se enojó la calavera
y le dio, con mucho anhelo,
su despensa verdadera:
un boleto para el cielo.
El discurso
Se soltó con el discurso
y no le encontraba curso;
la gente se fue durmiendo
y él seguía prometiendo.
Llegó la muerte al salón
y se sentó en el sillón;
aguantó de pie un buen rato
y bostezó como gato.
Se durmieron los presentes,
los de atrás y los valientes;
la Catrina, ya sin ganas,
se salió por las ventanas.
Al final se lo llevó
pero nunca se calló;
y los muertos, por costumbre,
le aplauden sin pesadumbre.
El que brinca de bando
Cambió tres veces de bando
sin cambiarse la camisa;
donde hay hueso va llegando
con su abrazo y con su risa.
La Catrina lo buscó
en el bando colorado;
y ya estaba, cuando entró,
del contrario, ya sentado.
-¿De qué lado estás, compadre?
-Del que gane, mi señora.
-Pues yo gano siempre, padre;
tu mudanza es hoy, y ahora.
Se lo trajo de la mano
sin colores ni partido;
y allá abajo, muy ufano,
ya se cambió de vestido.
El de los números
Manejaba el presupuesto
con un lápiz muy dispuesto;
lo que entraba a la caseta
se esfumaba en la maleta.
Le auditaron cada cuenta
y ninguna estaba exenta;
faltó un cero en la partida
y otros diez en la salida.
Vino la muerte a auditar
con su lápiz singular;
sumó todo lo robado
y le entregó el resultado.
-Aquí cuadra todo al cien
y te llevo, para bien;
allá abajo, en mi tesoro,
no hay ni un clavo, menos oro.
El de la lona
Su retrato estaba en todas
las esquinas del lugar;
en bardas y hasta en las bodas,
y sonriendo sin parar.
La Catrina lo miraba
desde abajo, en la banqueta;
tanta cara le gustaba
y le dijo: -Qué coqueta.
-Si en la lona te ves bien,
ya verás qué tal después;
te retrato yo también,
pero en blanco y negro, pues.
Se lo trajo esa mañana
sin aviso y sin lamento;
hoy la lona, ya sin gana,
se despinta con el viento.
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