Calaveritas literarias para Silvia
Silvia no necesita apodo: con su nombre completo se hace escuchar en el salón, en la estética y en la cocina. La huesuda se le ha aparecido con la calva brillando, con las cuentas mal hechas y hasta con un perro cojo, y siempre acaba saliendo mejor de lo que entró. Aquí van calaveritas para las Silvias que no se dejan.
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Silvia y su mochila
Silvia carga su mochila
con cuadernos y colores;
se forma siempre en la fila
y saluda a los mayores.
La calaca, de repente,
se coló hasta su salón;
y Silvia, la más valiente,
la sentó en aquel rincón.
Aprendió a leer solita
y a sumar de dos en dos;
y hoy la muerte necesita
un cuaderno y buena voz.
Silvia, mi madre
Silvia madruga cantando
y pone a hervir el café;
va la casa despertando
con su rebozo y su fe.
Llegó la flaca a la puerta
y le dijo: -Ya es tu día.
Y Silvia, ya bien despierta,
le sirvió lo que tenía.
Comieron sin decir nada
hasta que salió la luna;
y la muerte, apapachada,
no se llevó a mi fortuna.
Silvia, tijera y color
Silvia peina y tiñe el pelo
con la maña de un pintor;
te lo deja como un velo
y con brillo y con color.
Llegó la flaca a arreglarse
con la calva relumbrando;
y Silvia la hizo sentarse
dos horitas esperando.
Le pegó unas extensiones
color rosa mexicano;
y hoy la muerte, sin razones,
se despide de la mano.
Silvia y sus números
Silvia lleva bien las cuentas
con su lápiz y papel;
no se le escapan las ventas
ni un centavo del pastel.
Llegó la muerte a cobrar
la deuda de cierta gente;
Silvia se puso a checar
si el recibo iba al corriente.
La calaca se enredó
con el IVA y el total;
tanto número apuntó
que salió sin su costal.
Silvia la tamalera
Silvia vende sus tamales
en la esquina, de mañana;
no le salen dos iguales,
pues la gente los afana.
Llegó la flaca formada
desde antes de amanecer;
con la panza bien vaciada
y unas ganas de comer.
Comió tanto la huesuda
que no pudo ni moverse;
y hoy le pide, casi muda,
otro más para comerse.
Silvia y los animalitos
Silvia cura animalitos
con paciencia y con cariño;
les quita todos los gritos
y los trata como a un niño.
Vino la flaca y su perro
con la pata lastimada;
Silvia, sin cobrar un fierro,
la curó y dejó vendada.
Movió la cola el difunto
y hasta ladró de contento;
la flaca cambió de asunto
y dejó el nombre en el viento.
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