Calaveritas literarias para Sebastián
A Sebastián le dicen Sebas y no se queda quieto ni un rato, por eso ni la calaca le sigue el paso. Estas calaveritas son para leerlas en voz alta, en la escuela o en la reunión del dos de noviembre.
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Sebastián en la escuela
Sebastián llega a la escuela
con su lonche y su balón;
lee, suma y hasta vuela
cuando toca la lección.
Se metió al salón la flaca
buscando a quién apuntar;
Sebas, que de todo saca,
la invitó a participar.
Le prestó goma y colores
para hacer una tarea;
la calaca, entre temores,
dibujó lo que desea.
Sacó diez y, del contento,
la calaca se olvidó
de su lista y su momento,
y sin nadie se marchó.
Sebas, hermano del alma
Sebas, hermano del alma,
compañero de aventura,
tu risa me pone en calma
y me quita la amargura.
Si la flaca se aparece
a buscarte una mañana,
le diré que no merece
llevarse tu buena gana.
Y si insiste la Catrina
con su rebozo de seda,
que se espere en la cocina,
que aquí siempre pan nos queda.
Ya vendrá por ti algún día,
pero que se tarde mucho;
mientras dure tu alegría
yo me tapo y no la escucho.
Sebas en la cancha
Sebastián juega en la cancha
como todo un goleador;
mete gol, y ni se mancha
la playera de sudor.
La Catrina se apuntó
de portera en el partido,
y con risa le advirtió:
-Hoy te llevo, consentido.
Sebas corrió por la orilla,
le bailó la bicicleta,
y de zurda, de puntilla,
le clavó gol en la meta.
La Catrina, de coraje,
se tragó todo el silbato;
y se fue sin su equipaje
a llorar un largo rato.
El taller de Sebastián
En el taller, Sebastián
compone cualquier motor;
con su llave y con su afán
lo deja de lo mejor.
Llegó la muerte en su carro
todo oxidado y mordido:
-Arréglemelo, mi charro,
que hace un siglo no ha corrido.
Sebas le puso su aceite,
llantas nuevas y un buen freno;
lo dejó como un deleite,
reluciente y muy sereno.
La Catrina, tan contenta,
se fue a dar la vuelta al cerro;
y hoy, en vez de hacer su cuenta,
no ha llegado ni a un entierro.
Sebastián, el mariachi
Sebastián canta en la plaza
con guitarra y con sombrero;
su cantar todo lo abraza
y le llora hasta el ranchero.
Le pidió la calavera
un corrido bien sentido:
-Cánteme la más ranchera
y me voy con mi elegido.
Sebas le cantó tres horas
canciones de desamor;
y la flaca, sin demoras,
lloró un río de dolor.
Se acabó su pañuelito
y el mezcal de la cantina;
se olvidó del difuntito
y hoy le paga la propina.
Sebas, el repartidor
En su moto, Sebastián
va repartiendo comida;
corre más que un huracán
y entrega siempre en seguida.
La Catrina lo esperó
en la esquina de un portón,
y de un brinco se subió
sin pedirle ni razón.
Sebas voló entre camiones,
brincó topes y banquetas;
y la muerte, entre jalones,
fue soltando sus libretas.
El pedido llegó a tiempo,
calientito y sin tardanza;
y la flaca, ya a destiempo,
perdió el hambre y la esperanza.
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