Calaveritas literarias para Pablo

Pablo es de esos que se aparecen con pan caliente y sin avisar. La calaca lo ha buscado en la panadería, debajo de un cofre, en la clínica de animales y hasta en la ruta del correo, y siempre se regresa con las manos vacías. Van estas calaveritas para los Pablos que no se toman nada en serio.

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Pablito va a la escuela

Pablito se fue a la escuela con mochila de su abuela; llevaba un lonche sabroso y chocolate goloso. Llegó la flaca al recreo muriéndose de deseo; Pablito le convidó y la calaca engordó. Y desde entonces la flaca en el recreo no ataca; reparte lonche y sonrisa y se va con mucha prisa.

Pablo, mi compadre

Pablo es de los que se quedan cuando todo sale mal; de esos que nunca se enredan te esperan en el umbral. Llegó la flaca a su casa al filo de la mañana; Pablo le sirvió una taza y le contó su semana. La flaca se fue contenta, con la lista sin tachar; y hoy, cada vez que se sienta, se le antoja platicar.

Don Pablo panadero

Don Pablo es el panadero, se levanta muy primero; amasa concha y bolillo y le da vuelta al rodillo. Llegó la flaca a comprar, se puso a mordisquear; tragó conchas por docena y olvidó su cuarentena. Durmió sobre el mostrador con migajas de sabor; despertó con tanta panza que perdió toda esperanza.

Pablo y el taller

Don Pablo arregla el motor con desarmador y amor; si el carro no quiere andar, lo pone a resucitar. Llegó la flaca en carcacha con el cofre hecho garnacha; don Pablo la puso a punto y le cobró por difunto. La flaca salió volando, el motor iba cantando; se le pasó la parada y volvió sin llevar nada.

Pablo y los animales

Don Pablo cura animales, los vacuna en los corrales; le saca espinas al gato y le habla bonito al pato. Llegó la flaca y su perro, un esqueleto de fierro; don Pablo lo revisó y una cola le pegó. El perro salió ladrando, y la flaca iba llorando; y de la pura emoción se le olvidó su misión.

Pablo, cartero de barrio

Pablo reparte el correo en bici y sin titubeo; conoce cada zaguán y el perro de don Julián. Le llegó carta a la flaca, sellada con una placa; decía: -Pablo, es tu día-, y Pablo la devolvía. Le puso sello de ausente y un timbre bien reluciente; hoy la carta sigue andando y la flaca sigue esperando.

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