Calaveritas literarias para José

Pocos nombres son tan mexicanos como José: está en el taller, en la taquería, en el volante y arriba del escenario. La huesuda lleva años queriendo llevárselo y siempre acaba esperando a que termine el trabajo. Estas calaveritas están dedicadas a todos los Josés, Pepes y Chepes que conoces.

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José y la lección

José llegó a su salón con la mochila al revés; se sabía la lección del uno hasta el veintitrés. Entró la flaca al pizarrón y le dijo: -Ven, José. -Termino mi exposición y con gusto me iré. La calaca se formó en la fila más callada; tanto la clase le gustó que se quedó de encargada.

Don José, carpintero

Don José, el carpintero, con serrucho y con cariño, le hizo cuna al mundo entero y un caballito a su niño. Vino la flaca a encargarle su ropero de cedrón, y él, sin nunca apurarle, lo lijó con devoción. Cuando estuvo terminado, la muerte se lo llevó, y a don José, de su lado, en la banca lo sentó.

José, el de los tacos

José tiene taquería de suadero y de pastor; atiende con alegría desde el alba hasta el calor. Llegó la flaca con hambre: -Ponme cinco de campechano. Comió tanto que el fiambre ya no cupo en su mano. La muerte dijo: -Me lo llevo, que ya se le acabó el plazo; mas pidió un taquito nuevo y se durmió en el regazo.

José y su taxi

Don José, el del volante, maneja un taxi de a peso; va cantando, muy campante, con el codo y con el hueso. Subió la flaca en la esquina: -Al panteón, por favor. José, que nunca atina, la paseó hasta Ecuador. Ya llevan tres años dando vueltas por la capital; la flaca sigue esperando y el taxímetro, fatal.

José y su mariachi

José canta con vihuela, la trompeta lo consuela; cuando rompe con "El Rey" se le cuadra hasta la ley. Llegó la flaca a bailar, le pidió una de dolor; José se puso a cantar y la hizo llorar de amor. -Me lo llevo -dijo, ufana-, para cantar mi mañana; y hoy retumba en el panteón "El Rey" con su vozarrón.

José, maestro albañil

José, el maestro albañil, levantó media ciudad con cuchara y con perfil, con sudor y con bondad. Llegó la flaca a estorbar, pidiendo su aparejo; José la puso a cargar tres botes y un azulejo. Terminaron el castillo y el colado del pasillo; la flaca, con dolor de hueso, se fue a dormir sin el peso.

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