Calaveritas literarias para Carmen
Carmen se vuelve Carmelita en cuanto alguien le va a pedir un favor, y casi siempre lo concede. La huesuda le ha caído en la cocina, en el mostrador y hasta en el ensayo del coro, y de todos lados sale llena y sin nadie bajo el brazo. Aquí van calaveritas para las Cármenes de mano abierta.
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Carmelita y el altar
Carmelita hace el altar
en el salón de tercero;
trae papel para picar
y una foto de su abuelo.
Del altar salió una flaca
chiquitita, de papel;
con su falda y su petaca,
y un olor a pan y miel.
Le ayudó a poner las flores,
el agua y el pan de muerto;
acomodó los colores
y dejó el camino abierto.
Al final quedó bonito,
con velitas encendidas;
el abuelo dio un besito
en las manos consentidas.
Doña Carmen, mi madrina
Doña Carmen, mi madrina,
todo el día en la cocina;
si llegabas de repente,
ya tenía pa la gente.
Llegó la muerte al fogón,
sin saludo ni razón;
Carmen le llenó su plato
y le dijo: - Vete al rato.
Comió sopa, arroz y guiso,
y hasta postre, si es preciso;
se durmió sobre la mesa
con la panza de princesa.
Cuando Carmen se nos fue,
nos dejó puesto el café;
y la muerte, muy formal,
le cargó hasta su comal.
Carmen, la de la papelería
Carmen vende los cuadernos
y las plumas de colores;
en veranos y en inviernos
les aguanta a los peores.
Fue la muerte a comprar todo
de la lista de la escuela;
se lo pidió de mal modo,
con un gesto que congela.
Carmen le sacó la cuenta,
con tijeras y compás;
le salió como sesenta
de esos huesos, y hasta más.
La calaca no traía
ni un centavo en la bolsita;
hoy le barre cada día
la banqueta y la tiendita.
Carmen, la tamalera
Carmen vende sus tamales
desde el alba, en el zaguán;
de rajas y otros iguales
con atole y con su pan.
Se formó la calavera
desde las cinco en la fila;
con un hambre muy severa
y la boca hecha una pila.
Se comió catorce verdes,
nueve rojos y un dulcito;
- Si te descuidas, la pierdes,
dijo Carmen despacito.
Reventó como tambora,
se le abrió todo el costado;
hoy la flaca, cada aurora,
se forma y paga contado.
Carmen y el coro
Carmen dirige su coro
de la iglesia del rincón;
lleva el ritmo con decoro
y regaña al remolón.
Llegó la muerte a cantar
en la fila de sopranos;
no acertaba ni al entrar
ni juntando las dos manos.
Desafinó el aleluya,
se le fue todo el compás;
y en la parte que era suya,
se quedó tres tonos más.
Carmen le paró la mano,
la mandó a prender la vela;
hoy la muerte, muy temprano,
llega y prende su candela.
Carmen y su tejido
Carmen teje una bufanda
desde el mes de mayo entrado;
cada punto se lo manda
a algún nieto ya encargado.
Le pidió la calaquita
un suéter pa el aguacero;
con capucha y bien cortita,
que le tape el cuerpo entero.
Carmen midió el esqueleto,
le tejió de puro azul;
le quedó todo completo,
con listones y con tul.
Le quedó tan calientito
que la flaca bostezó;
se acostó por un ratito
y ya nunca despertó.
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