Calaveritas literarias para Carlos

Carlos es el que llega primero al incendio, el que le habla a las plantas y el que te salva de un dolor de muelas. La flaca lo ha buscado con manguera, con tijeras de podar y hasta con la boca abierta en el sillón del dentista, y siempre acaba saliendo mejor atendida. Aquí van varias calaveritas para todos los Carlos y Carlitos que se dejan querer.

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Carlitos y su mochila

Carlitos corre al salón con la mochila arrastrando; va dejando su crayón y el lápiz se va rodando. Llegó la flaca a ayudar, recogiendo cada cosa; Carlitos, sin ni dudar, le dio una goma preciosa. Hoy la muerte lleva goma, sacapuntas y color, y a Carlitos, cuando asoma, le presta su borrador.

Don Carlos, mi padre

Don Carlos, mi buen padre, madruga sin decir nada; regresa cuando ya es tarde con la sonrisa cansada. Vino la flaca a decirle que su turno se cumplía; don Carlos, sin discutirle, pidió una tarde más de día. La ocupó para abrazarnos, para un pan y un buen café, y se marchó sin dejarnos más tristeza que la fe.

Carlos, bombero de guardia

Carlos es de los bomberos, apaga cualquier hoguera; se avienta de los primeros sin pensar en la escalera. Llegó la flaca al incendio con su casco de cartón; Carlos le echó el remedio de la manguera a presión. La dejó bien empapada, sin poder ni caminar, y la muerte, resbalada, se tuvo que regresar.

Don Carlos y su jardín

Don Carlos, el jardinero, poda rosas con esmero; le platica a la semilla y le silba a la manzanilla. Llegó la flaca a arrancar el rosal más florecido; don Carlos la hizo sembrar tres macetas de olvido. Ahora la muerte tiene un jardín en el panteón, y cada noviembre viene por semillas de ilusión.

El dentista don Carlos

El dentista don Carlos revisa muela por muela; si hay picados, va a arreglarlos sin dolor y sin espuela. Llegó la flaca a atenderse, con la boca despoblada; Carlos, sin desentenderse, le fabricó una dentada. Salió la muerte sonriendo, con treinta y dos de marfil, y anda por ahí presumiendo su mordida juvenil.

Carlos y su fonda

Carlos cocina en su fonda pozole, mole y tamal; la clientela lo secunda y el vecino, sin igual. Llegó la flaca con hambre, pidió el menú del día; comió tanto que el alambre de su cintura crujía. Se durmió en el comedor con el mole en el mandil, y hoy Carlos, por favor, le guarda un plato en abril.

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