Calaveritas literarias para Andrea

Andrea tiene el don de caerle bien a todo el mundo, y por lo visto también a la Catrina. Aquí van calaveritas escritas para su nombre, listas para el altar, para el salón de clases o para la sobremesa del dos de noviembre.

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Andrea en el examen

Andrea llega corriendo con su libro de pintura; va cantando y va aprendiendo las tablas y la escritura. Se coló la calaquita al examen de sumar: -Vengo por la más listita, y no me hagan esperar. Andrea, muy decidida, le prestó lápiz y goma: -Si resuelve, es su salida; si no, mi lugar no toma. La calaca hizo la resta, la suma y la división; sacó cero en la respuesta y perdió así la ocasión.

Andrea, mi buena estrella

Andrea, mi buena estrella, lucecita de la casa, donde pisas dejas huella y alegría que no pasa. La Catrina anda buscando a quién llevarse esta vez; yo la traigo vigilando de la cabeza a los pies. Si algún día te reclama y te jala del rebozo, he de armarle un melodrama y quitarle el alborozo. Que se tarde la señora, que se pierda en el camino; y mientras tanto, a esta hora, nos alcanza para el vino.

La dentista Andrea

Andrea saca las muelas sin que duela ni tantito; vienen niños y hasta abuelas por su modo tan bonito. Se sentó la calavera en la silla del dolor: -Traigo un hueco, y quien viera, me está dando gran temor. Andrea abrió el maletín, sacó pinzas y algodón, y en el hueco, sin trajín, le encajó una de cartón. La Catrina, tan risueña, reía de oreja a oreja; se olvidó de su reseña y dejó la lista vieja.

Andrea y el micrófono

Andrea canta en la fiesta rancheras de las de ayer; se adueñó ya de la orquesta y no la piensa ceder. Vino la flaca a llevarla en mitad de una canción; pero se quedó a escucharla y le tembló el corazón. Le pidió una de despecho y otra más para llorar; se le deshizo hasta el pecho de tanto y tanto cantar. Amaneció la Catrina sin llevarse ni un cristiano; hoy le ruega en la cantina que le cante un son lejano.

Andrea en la caja

Andrea cobra en la caja del mercado, sin errar; lo que sube, lo rebaja y lo vuelve a acomodar. Llegó la muerte a la fila con su carro de mandado, y esperó, quieta y tranquila, su turno bien apuntado. Andrea sumó la cuenta y le dio su gran total; la Catrina, ya sin renta, no traía ni un real. Andrea le hizo el favor de fiarle lo que ha comprado; y la flaca, con amor, se olvidó de lo apuntado.

Andrea y su jardín

Andrea, en su jardincito, siembra rosas y romero; todo le crece bonito, hasta el árbol más grosero. Llegó la muerte con su hoz dispuesta a cortar la flor, y le dijo, en tono atroz: -Ya le toca, por favor. Andrea le dio una pala y un costal de tierra buena: -Antes siembre, que no es mala esta chamba tan serena. Se pasó todo el verano escarbando en el jardín; y hoy la muerte, con su mano, riega en vez de dar el fin.

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