Calaveritas literarias para Ana
A Ana le dicen Anita en la casa y en la calle, y por lo visto hasta la Catrina se aprendió el apodo. Aquí van versos escritos para su nombre, con burla de la buena y cero mala leche. Sirven para el altar, para el salón o para leerlos en voz alta el dos de noviembre.
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Anita en el salón
Anita llega a la escuela
con su lápiz y su goma,
y la flaca la revuela
desde el árbol donde asoma.
-Vengo por la aplicadita,
dijo la calaca al fin,
la que escribe tan bonita
y que pinta su jardín.
Anita le dio un dictado
de esos largos, con acentos;
la flaquita ha reprobado
por poner puros inventos.
La dejaron repitiendo
en la banca de hasta atrás;
y Anita sigue aprendiendo
y la muerte, un año más.
Anita, flor de mi casa
Anita, flor de mi casa,
pan caliente en la mañana,
todo el frío se me pasa
cuando tú abres la ventana.
Dicen que la huesuda vino
preguntando en la banqueta;
le di vuelta en el camino
y le rompí la libreta.
Si algún día se te acerca
con su lista y su bastón,
yo le cierro bien la cerca
y le apago el farolón.
Que se espere la Catrina,
que se forme y haga fila;
mientras tanto, en tu cocina,
la vida sigue tranquila.
La enfermera Anita
Anita pone inyecciones
sin dolor y sin sermones;
llegó la flaca al pasillo
con su gorrito amarillo.
-Vengo por la enfermerita
que a los muertos resucita;
ya me arruina la carrera
esta joven enfermera.
Anita, sin alterarse,
la formó para inyectarse;
y con una aguja fina
le sacó hasta la neblina.
La Catrina dio un respingo,
se enfermó y pidió domingo;
hoy Anita la atendió
y de paso la curó.
Anita y sus tacos
Anita hace taquería
desde el alba al mediodía;
llegó la flaca con hambre
y pidió taco de alambre.
Le sirvieron con cebolla,
con cilantro y salsa criolla;
la Catrina, muy tragona,
se comió doce, la mona.
Le picaba la garganta,
y del ardor se levanta;
le pidió agua y pidió leche
y chilito en escabeche.
Salió ardiendo la señora
y olvidó su lista ahora;
hoy la flaca es la mesera
del changarro de la acera.
Anita, tijera en mano
Anita corta el cabello
y a cualquiera lo hace bello;
llegó la muerte pelona
pidiendo una melenona.
-Quiero rizos, quiero fleco,
quiero copete y muñeco;
que ya me cansé del hueso
y de andar así, sin peso.
Anita sacó tijeras,
peine, gel y sus maneras;
le pegó pelo de estopa
y quedó como una copa.
Y la flaca se miraba
en la luna, y se admiraba;
se gustó tanto el peinado
que se fue sin el mandado.
El traje de la flaca
Anita cose vestidos
y compone los tejidos;
llegó la muerte de prisa
sin enagua y sin camisa.
-Hágame un traje elegante
que voy a un baile importante;
tengo el hueso muy delgado
y todo desconchinflado.
Anita tomó medida
de la flaca consentida;
le hizo un traje de tafeta
con holanes y etiqueta.
Tan contenta la dejó
que a la fiesta se marchó;
y en el baile sigue andando
mientras nadie va faltando.
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