Calaveritas del Mundial de futbol

El mundial pasó por la casa y todavía nos anda zumbando la trompeta en el oído. Ahora que llega el Día de Muertos, la Catrina se apunta a la fiesta con bufanda, quiniela y grito de gol. Aquí van versos para el que juntó por su boleto, para el de la porra y para el que sufrió cada partido desde el sillón.

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El del boleto

Juntó peso sobre peso con paciencia y con tesón; se quedó flaquito y tieso por su entrada al partidón. Cuando al fin pisó la grada vio a la flaca en su lugar, con camisa dibujada y bandera que agitar. -Ya viviste la jugada -le dijo la de sombrero-; tu ilusión ya está pagada y ya no debes dinero. No alcanzó a ver el final pero fue con su corneta; hoy la porra celestial lo hizo jefe de trompeta.

La porra

Somos porra de este suelo que le canta hasta al pañuelo; con sombrero y con tambor gritamos con más ardor. La huesuda se metió y en la fila se formó; con sus trenzas de papel y bandera de oropel. Cantó el himno con nosotros y brincó como los otros; se aprendió cada tonada y salió muy animada. Se olvidó de su encomienda por seguir con la contienda; hoy la muerte, muy ufana, lleva porra mexicana.

Ya merito

Cada cuatro años juramos que en la copa la ganamos; sacamos toda la fe y otra vez nomás no fue. Jugamos en nuestro suelo y se nos subió el anhelo; pero al filo del reloj la calaca dijo: -No. -Ya merito -les decía-, con su fe de cada día; la huesuda, ahí sentada, se durmió en la madrugada. Se llevó al comentarista que juraba la conquista; y nos dijo de salida: -Ya merito, en la otra vida.

La calaca en el estadio

Se coló sin su boleto por la puerta, tan discreta; nadie vio que era la muerte con camisa de la suerte. Se compró vaso y elote sin quitarse el capirote; se sentó en primera fila abrazada a su mochila. Hizo la ola con la gente y bailó como serpiente; cuando el árbitro marcó un penal, ella brincó. Se llevó al que, ya aburrido, se salió antes del silbido; en el último minuto cayó el gol; se fue de luto.

El de la tele

No faltó a ni un solo juego desde el sillón, con sosiego; madrugadas y mañanas con cobija y muchas ganas. Se sabía cada horario como un santo calendario; puso el sillón como altar con su plato y su lugar. La huesuda se sentó y el control le arrebató: -Traes tres meses de desvelo y unas ojeras de duelo. Se lo llevó en los penales entre gritos y tamales; hoy lo ven en su butaca discutiendo con la flaca: -Ponme bien esa señal, que me pierdo la final.

La quiniela de la oficina

En la oficina apostaron y una tabla dibujaron; cada quien su resultado y el que gane, bien pagado. Doña Chela, de la entrada, no sabía casi nada; le atinó al papel entero y ganó el bote primero. La huesuda, en su renglón, escribió sin discusión: -Yo me llevo al que ganara y también al que apostara. Doña Chela recogió lo que el bote le dejó; y a la muerte, de propina, le mandó una gelatina.

El del permiso

Pidió permiso al trabajo con la voz de moribundo; se fue al bar de más abajo a ver el juego segundo. Ahí estaba su patrón con la misma enfermedad; y brindaron su perdón con toda tranquilidad. La Catrina, de mesera, les sirvió con mucha calma: -Yo les cobro la primera y la otra va con el alma. Se llevó a los dos amigos cuando el gol por fin cayó; y el permiso, con testigos, para siempre se firmó.

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