Características de las calaveritas literarias

La calaverita se escribe en versos de ocho sílabas. Ese es el molde y casi no se negocia, porque el octosílabo es el verso del habla: es lo que mide un dicho, un albur o una copla, y por eso suena natural aunque esté medido. La trampa está en que no se cuentan las sílabas como cuando uno separa una palabra. Si una palabra termina en vocal y la siguiente empieza en vocal, las dos se juntan y valen por una sola: eso es la sinalefa. En 'la huesuda anda en la esquina' hay ocho sílabas contadas así: la-hue-su-daan-daen-laes-qui-na. Separadas una por una darían once. Hay otra regla que sorprende a todos: si el verso termina en palabra aguda se suma una sílaba, y si termina en esdrújula se resta una. Por eso 'se lo llevó al panteón' cuenta ocho aunque al deletrear salgan siete.

La rima es consonante, no asonante. Eso quiere decir que desde la última vocal acentuada tienen que coincidir todos los sonidos, vocales y consonantes: panteón rima con corazón, pero panteón con dolor no rima, apenas se parece. Los esquemas más usados son dos. El ABAB cruza las rimas y amarra el primer verso con el tercero y el segundo con el cuarto. El AABB las junta en pares, de dos en dos, y es el más fácil para empezar. También aparece la décima, una estrofa de varios versos con un orden fijo de rimas heredado de la tradición española, y cuando alguien la usa en una calaverita se nota de inmediato. Lo importante es no cambiar de esquema a media pieza y no rimar dos veces con la misma terminación floja, esa que se resuelve poniendo todos los verbos en -ando.

La muerte no es un concepto en estos poemas: es una señora que llega, toca, discute y se va. Tiene apodos, y cada uno le cambia el carácter. La flaca es la de confianza, la vecina de toda la vida. La huesuda suena más ruda. La calaca es la del barrio, la que se sube al camión. La pelona da risa de puro nombre. Y la Catrina es la elegante, la del sombrero y el vestido largo, la que llega peinada. Escoger el apodo no es adorno, define el tono del poema completo. Conviene además darle cosas que hacer, una lista, una carroza, hambre, prisa, antojo, porque un personaje que actúa resulta gracioso y uno que solo aparece resulta solemne.

El tono es de burla, pero de burla que quiere a quien retrata. La diferencia se nota rápido: se le saca al homenajeado la manía que todo el mundo le conoce y le festeja, no el defecto que le duele. Se juega con que llega tarde, con que no suelta el celular, con que le pone chile hasta al melón, y no con su cuerpo, su dinero, su familia ni sus penas. Por eso una calaverita se puede leer en voz alta delante del aludido y él se ríe primero. La prueba es sencilla: si el que la recibe no se ríe, el verso falló, por bien medido que estuviera.

Por dentro casi todas se arman igual, en tres tiempos. Primero la presentación, que dice quién es la persona, cómo se llama y a qué se dedica, y que suele ocupar la primera estrofa. Luego el desarrollo, donde la muerte entra en escena y algo pasa entre los dos: una negociación, una persecución, un descuido, una comida de por medio. Y al final el remate, que se queda con la última estrofa o a veces nada más con los dos últimos versos. Esa armazón es la que le da forma de cuento breve, y es la razón por la que una calaverita se entiende de una sola lectura aunque uno no conozca al retratado.

El remate es lo que separa una calaverita buena de un ejercicio cumplido. No basta con anunciar que se lo llevaron, porque eso se veía venir desde el primer verso. Lo que se busca es un giro, algo que voltee la escena en el último momento: que la muerte salga perdiendo, que se distraiga, que se enamore del mole, que se lleve al equivocado, que termine trabajando en el mismo puesto del difunto. Vale también el remate seco, de una sola línea, que cierra de golpe y deja al lector con la sonrisa. Lo que no funciona es la moraleja: si el poema termina explicando lo que quiso decir, se apaga solo.

Y está el habla. Las calaveritas se escriben en español mexicano de diario, con nomás, ándale, órale, chamba, harto, mero, y con el apóstrofo de pa' cuando hace falta recortar una sílaba. Ese registro no es descuido, es el género: viene de las hojas volantes que se vendían en la calle y se leían en voz alta para quien no sabía leer. La palabra rebuscada rompe el chiste y el tono solemne lo mata de una. Si un verso pide sempiterno o etéreo, el verso está mal pensado y hay que rehacerlo. Estos ejemplos aíslan cada rasgo, uno por poema, para que se vea trabajando por separado.

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El verso octosílabo y la sinalefa

Don Andrés era el herrero, y de un hierro hizo una reja; le contaba al mundo entero que jamás le dio una queja. Llegó la flaca al taller, y contaba de ocho en ocho, y sin nada que comer se robó medio bizcocho. Se lo llevó en un jalón, pero Andrés, con mucha maña, le forjó un buen eslabón y remachó la guadaña.

La rima consonante en ABAB

A la maestra Consuelo la buscaba la calaca, bajó volando del cielo montada en una matraca. La maestra le dictó la lección del abecé, y la flaca se durmió sin aprenderse la be. Al sonar la campanita se despertó la pelona, y salió, muy derechita, con diploma y con corona. Regresó al año, cambiada, de maestra de tercero, muy peinada y aplicada, y Consuelo le dio cero.

La muerte y sus muchos nombres

Le dicen la calaquita, la huesuda, la pelona, la Catrina, la flaquita, la que a nadie le perdona. Con cada nombre se viste de una forma diferente: de catrina cuando embiste, de calaca cuando miente. Le pregunté, muy formal, cuál de sus nombres es bueno, y contestó: -Todo igual, con cualquiera te condeno. Le grité un día: -Comadre, volteó de buena gana, se sentó como mi madre y se quedó hasta mañana.

La burla cariñosa que no ofende

Le escribí a don Genarito una calaca burlona, y él la leyó despacito y me dijo: -Quedó mona. No le dije ningún daño, ni saqué trapos al sol, solo hablé de su rebaño y de su amor al futbol. La calaca se lo lleva cada octubre, en un renglón, y él, al año, me releva y me manda su versión.

El habla popular mexicana

Llegó la flaca temprana, y le gritó fuerte a Chon: -Ya se acabó tu semana, que hoy te toca tu cajón. Chon le dijo: -Nomás no, que ando en plena chambeada, y si el patrón se enojó, no me pagan la jornada. La huesuda, con esmero, se amarró una carretilla, y acabó de chalanero cargando bulto y varilla. Ya en la tarde, sudorosa, le pagaron su jornal; se marchó, muy orgullosa, sin llevarse ni un tamal.

El remate que da la vuelta

Don Nicolás, peluquero, trasquilaba muy parejo, le tusaba al mundo entero del más joven al más viejo. Llegó la flaca a su silla, muy pelona de cabeza, sin un pelo en la mejilla, y pidió con gran firmeza: -Póngame copete y rizos, que hoy me voy a retratar. Don Nicolás, con postizos, no la dejó de peinar. Tanto tiempo la peinó, tanto rizo y tanto broche, que la muerte se durmió y él cerró al caer la noche.

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