Origen e historia de las calaveritas literarias
Antes de que existiera la calaverita literaria ya existía en Mesoamérica una manera distinta de tratar a la muerte. En el México antiguo no era el final absoluto ni un castigo, sino un tránsito, y a los difuntos se les acompañaba con ofrendas, comida y fiesta. Había periodos del calendario dedicados a los muertos y objetos rituales, como los tzompantli con cráneos, que hoy nos parecen macabros y que entonces tenían un sentido religioso claro. De ahí viene la familiaridad mexicana con la calavera como imagen de todos los días. Pero conviene decirlo sin adornos: la calaverita literaria, el poema burlón con rima, no es prehispánica. Es un género del siglo XIX, escrito en español, con métrica española y nacido en la imprenta. Lo prehispánico es el terreno donde la broma pudo crecer, no la broma misma.
El género aparece en la prensa mexicana del siglo XIX, cuando algunos periódicos empezaron a publicar en los últimos días de octubre unas secciones que llamaban 'panteones': listas de epitafios inventados donde se daba por muertos a personajes bien vivos y bien conocidos. Cada entrada era un verso corto, con nombre y cargo, que resumía en tono de burla la vida del aludido. Se suele citar como una de las primeras apariciones impresas de estas calaveras la de 1849 en el periódico El Socialista, de Guadalajara. Como pasa siempre con la literatura popular, el dato es discutido, y es probable que antes circularan versos parecidos de boca en boca o en papeles sueltos que no se conservaron.
El formato venía del epitafio, ese verso solemne que se graba en una lápida, puesto de cabeza. En vez de alabar al difunto se le sacaban sus defectos, y en vez de llorarlo se celebraba que la muerte por fin lo hubiera alcanzado. Muchas de aquellas calaveras traían el dibujo de una tumba, una fecha falsa de fallecimiento y hasta un responso de mentiras. El lector del barrio reconocía de inmediato al retratado aunque no se dijera su nombre completo, porque bastaba con el oficio, la calle o la manía.
Escribirlas no era inofensivo. Burlarse en letra impresa de un gobernador, de un jefe militar o de un sacerdote costaba multas, cárcel y clausura del taller: a lo largo del siglo varias imprentas fueron cerradas y más de un editor terminó preso. Por eso casi todas las calaveras salían sin firma, o firmadas con seudónimo, y por eso el anonimato se quedó pegado al género como una costumbre. Todavía hoy, cuando aparece una calaverita en una oficina o en un salón de clases, se acepta como lo más natural que nadie sepa quién la escribió.
El difusor más importante fue el impresor Antonio Vanegas Arroyo, que en su taller de la Ciudad de México sacaba hojas volantes: papeles baratos, casi siempre de una sola hoja, con corridos, oraciones, recetas, noticias de crímenes y, cada temporada, calaveras. Se vendían por unos centavos en la calle y se leían en voz alta para quien no sabía leer, así que el verso satírico llegaba mucho más lejos que cualquier periódico de suscripción. Ese fue el canal por el que la calaverita se volvió popular de verdad, y no solo cosa de escritores y de redacciones.
Las hojas de Vanegas Arroyo iban ilustradas. Primero por el grabador Manuel Manilla y después, sobre todo, por José Guadalupe Posada, nacido en Aguascalientes, que trabajó de firme hasta su muerte en 1913 y que murió pobre. Posada dibujaba esqueletos haciendo lo que hacía la gente: bailar, pelear, beber, andar a caballo, pasear vestidos a la moda. Entre esas estampas está la Calavera Garbancera, una calaca con un sombrero enorme y casi nada más encima, que se burlaba de quien vendía garbanzo y presumía sangre europea renegando de la propia. Décadas más tarde Diego Rivera la vistió de cuerpo entero en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, terminado en 1947, y ahí quedó con el nombre con el que hoy la conoce todo el mundo: La Catrina.
En el siglo XX la calaverita cambió de casa. La prensa satírica fue perdiendo fuerza, pero la escuela pública la adoptó como ejercicio, porque servía para enseñar métrica, rima y tradición en una sola tarea, y además divertía. Con los años se volvió costumbre que en octubre los grupos de primaria y secundaria escribieran calaveras para el maestro, para los compañeros o para personajes de la historia, con concurso y lectura en voz alta. Hoy la enorme mayoría de las calaveritas que se escriben en México nacen como tarea, y eso explica que el tono general sea más cariñoso que feroz: ya no se le escribe al gobernador, se le escribe a la maestra de Español.
De todo aquello se conserva más de lo que parece. Sigue estando la burla al que manda, aunque ahora el que manda sea el jefe de la oficina o el director de la escuela. Sigue estando el anonimato, con la hoja pegada en el periódico mural sin que nadie se declare autor. Y sigue estando la idea que sostiene el género completo: que la muerte no distingue entre el que tiene y el que no, y que por eso mismo cualquiera puede reírse de cualquiera durante unos versos. Los ejemplos que siguen están escritos a la antigua, con los blancos de siempre, para que se oiga de dónde viene todo esto.
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